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La crisis y Europa

Remedios que matan

Imponer plazos imposibles para reducir el déficit sin relanzar el crecimiento empieza a ser un suicidio

Miércoles, 22 de febrero del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
JOSEP BORELL

A pesar de tanta austeridad, o quizá por eso, el PIB de la zona euro es todavía un punto porcentual inferior al del 2008. En España el crecimiento anual se ha reducido al 0,7% tras un -0,1% en el 2010 y una previsión de -1,7% este año. Incluso en Alemania, en el último trimestre, se ha reducido un 0,2%.

FRANCINA CORTÉS

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Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 22 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

La reforma laboral agresiva que el Gobierno del PP ha aplicado para contentar a los mercados y ver si así se ablanda Bruselas no está sirviendo de mucho. La prima de riesgo, que había caído gracias a la inundación de liquidez suministrada desde Fráncfort, ha vuelto a subir más de 40 puntos. Y la Comisión no parece dispuesta a darnos más tiempo para cumplir con la reducción del déficit.

Bajarlo casi cuatro puntos en un año sería un verdadero choque depresivo para una economía anémica, agravado por la exigencia a los bancos de actualizar sus balances al precio real de sus activos inmobiliarios. Si la recesión continúa puede producirse una nueva crisis bancaria y griparse aún más el circuito de crédito. Si Mariano Rajoy no consigue más tiempo para reducir el déficit, estaremos en una situación muy difícil.

Claro que no tanto como en Grecia, con el PIB al -7%, encadenando cuatro años de caída y con una previsión peor para el 2012. En Grecia y Portugal ya no se puede hablar de recesión, sino de una grave depresión.

Se comprenden las dudas sobre la viabilidad de las nuevas y draconianas medidas de austeridad que han retrasado los 130.000 millones del segundo plan de ayuda. Su concesión in extremis evitará la bancarrota inmediata, pero esos ajustes no resolverán el problema, lo agravarán.

En Grecia se ha alcanzado el límite de la austeridad impuesta. Los griegos pueden aceptar más recortes, más bajadas de salarios y pensiones, más impuestos, comprometerse a que esas medidas no dependan del resultado de las elecciones, o incluso no hacerlas, como les pedía el ministro alemán de Economía. Pero, ¿hasta cuándo si la economía no crece y la deuda cada vez es mayor?

Se ha llegado al punto en el que «demasiados impuestos matan los impuestos», como decía el economista liberal Laffer para justificar la rebelión fiscal de los ricos californianos. Cuando las bases imponibles se reducen, aumentar los impuestos no da más dinero. Y el sentimiento de que el coste social se distribuye de forma injusta, con aumento de la pobreza, la desnutrición infantil y la duplicación del número de suicidios, puede producir una explosión social. Algo parecido puede pasar en Portugal, Irlanda y España.

Es difícil seguir creyendo en la teoría de la equivalencia ricardiana por la que la reducción de los déficits hace resurgir la confianza en el futuro de familias y empresas, y la economía arranca. Es, como mínimo, enigmático que se pretenda luchar contra el hundimiento de la demanda con una austeridad que trata de aumentar la oferta en un futuro incierto.

Por eso es tan importante la carta firmada por 12 países, seguramente por iniciativa de Mario Monti, el único líder europeo que puede plantar cara a Angela Merkel, señalando la urgente necesidad de políticas que impulsen el crecimiento. Ni Alemania ni Francia han querido firmarla: ya se sabe que solo firman las cartas que ellos mismos escriben. Pero puede marcar una nueva dinámica política en la salida de la crisis.

Es urgente hacerlo, porque la terapia está resultando fatal y el problema empieza a ser gravemente político. Setenta años después del fin de la guerra, Alemania vuelve a ser considerada un enemigo dominador y se genera una atmósfera de hostilidad en un continente dividido entre un Norte rico y próspero y un Sur en peligro de convertirse en un protectorado. Y con un enfrentamiento generacional de una juventud condenada al paro y la precariedad. La solución no pasa por pauperizar más a Grecia y los demás países con dificultades, sino por más solidaridad europea.

Esta no es la Europa que queríamos construir. Si seguimos así vamos hacia una desintegración del proyecto, y la recesión que se producirá afectará a las exportaciones de Alemania. Ante la negativa a relanzar su economía para contribuir al equilibrio de la eurozona, hay que recordar que está sacando un gran provecho de la crisis pagando prácticamente cero interés por su deuda, que ha sido la que más se ha beneficiado del euro, que ha reforzado su potencia exportadora en un marco de estabilidad monetaria, que sus bancos perderían mucho con una bancarrota griega, que su competitividad desaparecería por la reevaluación del marco si el euro fracasase, y que sus exportaciones a los vecinos europeos disminuirán si estos se hunden en la recesión.

Imponer plazos imposibles de reducción del déficit sin políticas que reactiven el crecimiento empieza a ser un suicidio. Hay que reconstruir Grecia, ayudarla y no castigarla más por sus errores y sus trampas pasadas. Un plan Marshall para Grecia y una política de expansión de la demanda a nivel europeo es la más barata de las soluciones. Demostraría que Europa no ha olvidado las razones de su existencia y evitaría las tendencias nacionalistas y populistas que pueden dar al traste con su proyecto.

Presidente del Instituto Universitario

Europeo de Florencia.

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