Que España necesita reformas en profundidad es algo admitido por todos. Pero no me refiero hoy a la liberalización del mercado laboral, al sistema bancario, los recortes, el equilibrio fiscal o las llamadas reformas estructurales. Estas reformas derivan de la deuda soberana y la privada y el Gobierno de turno las aplica más o menos a regañadientes, de manera torpe, con retraso, cuando la pérdida de confianza de los mercados obliga y por imposición de Europa y el FMI.
Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 12 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
La espiral descendente para recuperar credibilidad y confianza entre los acreedores conduce a empobrecerse (y a disminuir la capacidad de devolver la deuda). Por ello, las reformas en profundidad que necesita España son de otra naturaleza y apuntan a la solución de las causas que nos han llevado a ser un país tutelado, con una progresiva pérdida de prestigio. Son reformas que podemos dividir en cuatro grandes capítulos.
En primer lugar, las de naturaleza institucional y política. En el segundo, la organización territorial. En el tercero, la reorientación general de la economía. Y en el cuarto, las reformas ideológicas, de concepción y rumbo general de la sociedad. No es que deban emprenderse por este orden (dudo mucho de que las emprendan), sino más bien de manera simultánea. Con Catalu-
nya o sin ella, España necesita una reforma constitucional de enorme envergadura.
La pérdida de prestigio y de eficiencia de un gran número de instituciones fundamentales del Estado es una evidencia. Desde el Banco de España hasta el Tribunal Constitucional y el Supremo, los principales organismos del Estado se han visto sacudidos por el descubrimiento de errores y escándalos de grosor, todos ellos derivados de la intromisión de los políticos, del legislativo y el ejecutivo; en definitiva, los partidos y sus cabecillas. Estos males de las instituciones derivan del proceso de concentración de poder que hemos vivido a lo largo de la presente etapa democrática. Los partidos pertenecen a quien elabora las listas electorales. Los representantes del pueblo actúan a golpe de silbato de quien los pone en el Congreso o el Senado. En lugar de repartir el poder entre varias instituciones
-como en las otras democracias-,
en vez de crear mecanismos de compensación, rivalidad y control mutuo -como en las democracias avanzadas-, los sucesivos gobernantes españoles y los dos grandes partidos que se disputan el Gobierno han hecho exactamente lo contrario y los han satelizado, cuando no vampirizado. Convertir todo este conglomerado, ahora al servicio del presidente del Gobierno, en un sistema de instituciones independientes es una asignatura que hay que emprender. Pero es de temer que nadie se la planteará seriamente si antes no cambian los partidos y la ley electoral.
Segundo gran capítulo, la reforma territorial. No me extenderé en los males del federalismo centralista porque es un live motive. Recordemos que España es el único país del mundo, el único, que ha intentado poner en marcha el nefasto invento del federalismo centralista. Todos los países federales disponen de una capital solo administrativa, no económica y mediática. España ha invertido en federalismo, que en todo el mundo tiene la ventaja de facilitar el desarrollo regional, y al tiempo ha construido una megaciudad que anula esta ventaja, por lo que tan solo soporta los costes. La solución debería ser menos Madrid y más autonomías, pero aquí la reforma va en sentido contrario: chupar de todas partes para mantener a Madrid.
Y es justamente Madrid el problema. Su concepción del Estado y del capitalismo. La reforma a emprender es ante todo de carácter industrialista. Si España no produce y exporta, lo tendrá muy mal y se empobrecerá más y más, empezando por las autonomías. Todo ello -cuarta reforma- debería ser soportado por un reequilibrio ideológico entre derecha e izquierda, entre liberalismo y socialdemocracia, entre conservadores y progresistas. Pero en España la izquierda ha claudicado y la derecha cabalga y vocifera, sobre todo por el ala extrema.
Las causas de la grave situación actual no son solo la burbuja inmobiliaria y la alegría en el gasto, que han llevado al exceso de endeudamiento privado y público. Ambos disparates, en sinergia inversa, son un síntoma muy grave de unos modos de actuar, entenderse y estar en el mundo que parecían bien orientados y se han revelado muy perjudiciales. Como sentenció Warren Buffett, «cuando baja la marea se ve quién no llevaba bañador». La ilusión quimérica compartida por los altavoces de Madrid es suponer que la marea subirá y no habrá que regenerarse. Escritor.