Carlos Elordi
Periodista
Rajoy no le tiene miedo a una huelga general. Y no tanto porque crea que no tendría un gran seguimiento, que eso él no lo sabe -la de septiembre del 2010 no fue tan insignificante como se dice-, sino porque no tendrá consecuencia electoral alguna: en España, desde luego, pero a estas alturas ya no parece que una movilización sindical vaya a cambiar mucho el signo de lo que ocurrirá en Andalucía el 25 de marzo.
Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 02 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Lo único que podría asustar al presidente del Gobierno es que la protesta degenerara en una revuelta social o que fuera un primer paso en esa dirección. Aunque por ahora no hay indicio alguno de que algo de eso se esté cociendo en nuestras calles, esas cosas son muy difíciles de prever. Pero da la impresión de que Rajoy descarta un escenario de ese tipo. Por el contrario, el Gobierno y sus portavoces parecen convencidos de que en la sociedad, y no solo entre sus votantes, sus consignas han calado hondo: la de que hay que hacer una reforma laboral, aunque sea durísima, para atajar los males económicos que nos aquejan o la de que los sindicatos solo velan por sus intereses y no representan a la mayoría de los trabajadores.
En el debate público sobre estas cuestiones se esquivan los fines que el Gobierno persigue con las nuevas leyes laborales. Su objetivo prioritario no es el abaratamiento del despido, sino la eliminación de los requisitos -entre ellos la presencia sindical y la negociación colectiva a niveles superiores a los de la empresa- que impiden a los patronos dictar las condiciones de trabajo y los salarios. La reforma debería permitir que en muy poco tiempo los salarios reales bajen de forma significativa: ¿hasta ese 15 % que los expertos más pesimistas creen que España necesita para compensar la imposibilidad de devaluar su moneda?
Más o menos eso es lo que piden tanto la CEOE como la Europa que manda. Por eso a Rajoy le importó poco que le pillaran desvelando sus secretos al premier finlandés: estaba alardeando de ellos.