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Gemma Tramullas
Periodista
Con tan solo 26 años, esta catalana tenía un sueldazo como jefa de cocina en el lujoso Barcelona at the Bund de Shanghái (China), pero ha vuelto a un país en bancarrota para arremangarse en el restaurante familiar Etapes de Barcelona.
Información publicada en la página 68 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 26 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
-Me hice cocinera porque comía muy mal. «Si tienes que andar quejándote todo el día, harás tú la comida para todos», me dijo un día mi madre. Y con 8 años ya hacía lomo rebozado para mí y para mi padre y verdura para mi madre, que aderezaba con recetas de salsas que encontraba en los libros. Y como lo hacía yo, me lo comía. Era una rebelde.
-Sigue yendo a contracorriente. ¿Cómo se le ocurre volver de China? ¿No dicen que el futuro está allí?
-Me da miedo pensar que China sea el futuro. No todo se mide por el rasero del dinero. Tenía ofertas de trabajo en Tailandia, Bali y Camboya, pero necesitaba volver a casa y respirar. Aquí me di cuenta de que mi familia también me necesita. Si mi padre está preocupado porque no sabe si cobrará la jubilación, quiero que sepa que me tiene a mí, aunque sea con un sueldo mucho más bajo que en China.
-A sus padres se les caerá la baba...
-Soy hija única, imagínese. Me gusta plantearme cada día qué puedo hacer para que yo y mi entorno tengamos un componente de felicidad y, más allá de mi familia, mi entorno es mi cultura, mi pueblo. Si todos los jóvenes con ganas y formación nos vamos, ¿cómo saldremos adelante? Cuando las cosas se ponen feas, ¿nos damos la vuelta y adéu siau? Es injusto. Si amas tu casa y tu tierra deberías aportar alguna cosa.
-¿Fue a la mani de la Diada?
-Fui con mis padres, que ya estuvieron en la del 77. Tenía la piel de gallina porque, más allá de la independencia, éramos mucha gente con diferentes motivos unidos como pueblo catalán para decir «basta ya». ¿Sabe qué sentí? Que ahora nos toca a los jóvenes estar aquí, salir a gritar y mojarnos. Nuestros padres y abuelos ya lo han hecho; han pasado una guerra, una posguerra, una dictadura, una transición. En cambio, ¿cuál ha sido nuestra lucha?
-¿La primera causa común de los jóvenes puede ser la independencia?
-Yo no sé si la lucha -pacífica, claro- será la independencia o no, pero algo tiene que cambiar, porque este sentimiento de mal rollo entre Catalunya y España no es sano. Es el momento de reconocer nuestros valores individuales, nuestra manera de hacer las cosas y recuperar los valores como pueblo. Si no valoramos nosotros lo que somos y lo que tenemos -defendiéndolo, estimándolo y respetándolo- no lo valorará nadie. No se puede perder una cultura.
-¿Cómo se contribuye al futuro colectivo desde un restaurante?
-La cocina es cultura. Cuando volví de Shanghái con mi pareja, Marc Santamaria -que también es jefe de cocina-, fuimos a parar al Etapes, que es un negocio familiar de un padre y dos hijos, gente que comparte una serie de valores y que tiene ganas de remar para salir de esta situación. Es la vez que más catalanes han coincidido en la cocina -somos tres- y tenemos muchas ganas de fer país desde los fogones.
-¿Se puede reflejar este momento histórico en la carta?
-Es nuestra intención, sin hacer grandes innovaciones. Se trata de dejar atrás ciertas florituras y fusiones en los platos y volver a la base de lo que somos y seremos, buscar el producto de proximidad, comprarle a este señor que a lo mejor no te hace el descuento que te hace otro pero que sabes que hace las cosas bien. Los catalanes hemos ido más a la competitividad que a la germanor.
SEnDGermanor... Hacía mucho tiempo que no oía esa palabra.
-Se trata de que la sociedad catalana nos ayudemos unos a otros, tejiendo una telaraña que nos cubra a todos y que, por cierto, es una manera de hacer muy china.
-Por curiosidad: ¿ya come de todo?
-Sí. Mi madre ya me lo decía (las madres siempre tienen razón): «Cuando seas mayor te encantarán el pimiento y el pepino». Ahora soy capaz de recorrer kilómetros para probar un pimiento de no sé dónde.