Mauricio Bernal
Periodista
Los padres de Ramon tenían una tienda en Puigcerdà. «Una tienda de las de antes, donde había de todo y se vendía de todo. Era una época mala, y todos los días mi hermano y yo cruzábamos la frontera para pasar café; de contrabando, porque en aquella época escaseaba el café». En la zona había maquis, y mucha Guardia Civil. «En la tienda había una mesa donde la gente podía comer, y los primeros que venían por la mañana eran los guardias civiles; a comer algo. Y por la calle de atrás, la que daba a Francia, venía el maquis. Y un día estaban en el almacén los maquis lavándose los pies, en un barreño, y en la cocina los guardias civiles que se estaban calentando, con la lumbre, y yo me acuerdo de mi abuelo, que era una bestia, eso sí, enorme, junto a la puerta, para que no se vieran. Los separaban cuatro escalones y una puerta, y como hubieran visto de un lado quién estaba al otro, se arma un tiroteo que nadie sale vivo».
Información publicada en la página 60 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 09 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
-Me imagino. Y esto... De algún modo tiene que ver con la placa, ¿no? Cuénteme esa historia. Por favor.
-La placa… Eso fue algo muy puntual. Yo estaba en Caldes de Montbui, pasaba por ahí con mi furgoneta y vi la placa: Calle de José Antonio. Y fue instantáneo, porque enseguida pensé: «Yo esta placa me la llevo».
-Pero usted… No sé: ¿lo hacía con frecuencia? ¿Llevarse placas?
-Todo venía de cuando lo de Puig Antich, que yo ahí me impliqué mucho. Iba por libre, solo, porque nunca me han gustado la política ni los partidos, y cuando lo de Puig Antich empecé a hacer pintadas. Siempre la misma, porque era una campaña y todos escribíamos lo mismo: Salvem Puig Antich. Hice buenas pintadas.
-¿Por ejemplo?
-Por ejemplo, una vez que fui a arreglar una cocina en un pueblo del bajo Montseny… No digo cuál porque aún me están buscando. Era la casa de un par de señoras. Y lo que pasó fue que al entrar en la cocina vi colgada la foto de Franco. Me dio una rabia… Y dije: «Voy a hacer una pintada en esta casa». Le dije a mi compañero que las tuviera ocupadas y salí un momento a la calle. Era una fachada grande, una casa enorme, de esas que cubren de esquina a esquina. Yo llevaba un espray en el coche. Lo cogí e hice una pintada enorme. Salvem Puig Antich. Luego entré en la casa y dije: «Señoras, salgan a ver lo que les hicieron en la fachada». Pobres. Estaban histéricas. Llamaron a la Guardia Civil, y a mí no hacían más que darme las gracias, todo el tiempo.
-Vale. Volvamos a la placa. Se la llevó a su casa, ¿no?
-Sí. Es que era el año 77, o 76, y estábamos en plena transición, ¿y por qué había todavía esas placas por la calle? Me la llevé a casa, sí, con la idea de romperla y tirarla a la basura, pero entonces vi que había algo detrás, una inscripción, y quité la cal y me quedé de una pieza cuando vi lo que ponía detrás: Avinguda d'en Santiago Rossinyol [sic]. Imagínese: de un lado ese fascista y del otro Rusiñol. Me emocioné y la guardé, y todos estos años la placa permaneció en el restaurante, así, medio exhibida, y muchos clientes nos pedían verla.
-Y al cabo de 36 años la ha devuelto al Ayuntamiento de Caldes. ¿Por qué? ¿Por qué ahora?
-Mire: yo siempre había tenido la idea de devolverla, pero lo que pasaba es que nunca había encontrado un ayuntamiento de fiar. Hasta ahora. Eso era todo: saber que iban a valorar lo que les estaba devolviendo. Y además, ¿sabe qué? Yo tenía miedo de que los de Caldes me recibieran en plan: «Este, que robó la placa…» Pero no, qué va, me acogieron bien. Respetaban lo que había hecho.
-¿Le costó deshacerse de ella?
-No especialmente.
-Ya no tiene qué mostrarles a sus clientes.
-Lo importante aquí es la comida. Lo ha sido siempre. Desde el año 81, que abrimos esto como un restaurante de menús. Luego nos dio por ampliarlo, y lo convertimos en un restaurante de carta, pero siempre, siempre intentando hacer buena comida, con la mejor materia prima.
-La Taverna d'en Grivé... En Granollers. ¿Cómo acabó en Granollers?
-Por los chivatazos. Hubo tantos que mis padres tuvieron que cerrar el local de Puigcerdà. Y vinimos aquí.