Gemma Tramullas
Periodista
Si se adentran en la Fageda d'en Jordà -en otoño es espectacular- y ven a un hombre con caballete y pinceles ensimismado con las formas y la luz del hayedo, ese es Rafel Casado Fernàndez, el pintor Rafel d'Olot.
Información publicada en la página 64 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 27 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
-Dicen que en la Fageda hay duendes. ¿Los ha visto?
-Yo a ellos no, pero cuando estoy en lo profundo del bosque me siento observado. Oigo que se mueve algo, me vuelvo y , ¡zap!, ya no está. La gente no me cree pero he visto árboles con raíces con forma de elefante.
-¿Por qué no? En Montserrat hay una roca que parece una momia.
-La gente entra en la Fageda y nunca mira hacia abajo, sino hacia arriba, porque asocia bosque con hojas. ¡No verían un billete de 500 euros en el suelo! Es una pena, porque en la tierra es donde está la vida del bosque. En la base de los árboles se forman pilas de agua donde van a beber los animales y donde te puedes ver reflejado, como en un cuento de hadas.
-¿Siempre pinta en el bosque?
-También he pintado mucho en la Costa Brava. Cuando supe que cerraban El Bulli fui para allá y me pasé tres días frente al restaurante. Quería pintarlo antes de que lo transformaran. Allí tuve la suerte de conocer a Juli Soler [socio de Ferran Adrià].
-¿Le invitaron a comer?
-No, pasé los tres días de bocata. Juli quería llevar el cuadro a la exposición de Ferran Adrià en el Palau Robert, pero no pudo ser. El de El Bulli es uno de los cuadros que expongo a partir del 14 de noviembre en Milán con la asociación Desat'Art. Son pinturas para tocar.
-¿Para tocar?
-Me gusta experimentar y hacer todo lo que no me dejaban hacer en la escuela de arte. Trabajo con materia y doy distintos gruesos y formas a la pintura. Pensé que esta técnica podría ayudar a las personas invidentes a interpretar un cuadro.
-¿Cómo llegó a esa conclusión?
-Tengo dos hijos, Arnau, de 14 años, y Tura, de 14 meses. La pequeña empezaba a dar sus primeros pasos y entraba en el estudio tocándolo todo. Había un cuadro apoyado en el suelo y empezó a reseguir las siluetas con sus deditos. Marcaba las raíces, subía por el tronco, seguía por las ramas y mientras iba diciendo: «Oh, oh, oh». Tura aún no había estado en un bosque, pero a su manera estaba descubriendo una sensación de bosque. A mi mujer y a mí se nos ocurrió que aquella podría ser una manera de acercar la pintura a los ciegos. Y llevé unos cuadros a la ONCE.
-¿Cómo reaccionaron?
-Fue una experiencia brutal. Éramos seis en una sala y yo era el único que veía. Había momentos en que dos se cogían las manos para reseguir juntos una forma y descubrían los detalles más escondidos, cosas como madrigueras de animales que uno pinta porque lo ve pero sin fijarse. Me dijeron que hasta ese día nadie había propuesto una pintura pensada para su disfrute.
-Si pudiera tocar la obra de algún gran pintor, ¿quién sería?
-Tàpies. A mucha gente no le gusta su pintura porque dicen que no la entienden, pero lo que hay que hacer con una pintura que no se entiende es explicarla.
-Y tocarla.
-Pero eso no lo van a dejar hacer.
-Es una lástima.
-Hace años me echaron del Macba [Museu d'Art Contemporani de Barcelona] por cachondearme repetidamente de unas obras de Tàpies, una pila de platos y una cama colgada en la pared. En aquel momento pensaba que nos estaba tomando el pelo, quizá porque nadie me había explicado qué pintaba aquello allí, qué es lo que Tàpies quería dar a entender.
-¿Y de aquel episodio surgió su pasión por Tàpies?
-Sí. Yo me burlaba, pero aquel artista me había sorprendido y automáticamente empecé a buscar información sobre él y a apasionarme. Tàpies no era un loco, solo hacía cosas que yo no había entendido.
-¿La pintura le da para vivir?
-No, soy pintor de automoción.
-¿Qué dice que pinta?
-Coches. Siempre digo que cuando yo plego de la pintura empiezo con la pintura.