La singularidad británica en la UE
CARLOS CARNICERO URABAYEN
¿Quo vadis, Reino Unido?
Pese a la última muestra de desafección, Londres necesita a Europa para influir en el mundo
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Martes, 10 de enero del 2012
El Reino Unido ha dado un paso atrás y se aleja de Europa. En la última cumbre europea se discutía sobre el euro, pero se terminó hablando de Gran Bretaña. En una fría madrugada belga, su primer ministro, David Cameron, lanzó a sus colegas europeos un órdago que ha terminado por dejar a su país solo en la nueva Europa que está naciendo. Pero ¿puede el Reino Unido vivir sin Europa?
Churchill definió tres círculos sobre los que el Reino Unido debía ejercer su influencia en el mundo: las colonias y la Commonwealth, Estados Unidos y la Europa continental. Los británicos, exultantes tras la victoria en la segunda guerra mundial, soñaban con proyectar su poder como antaño. No fue así: el primer círculo se fue diluyendo y la fallida operación militar en el canal de Suez, en 1956, hizo evidente que la política exterior británica bascularía durante las siguientes décadas entre el círculo europeo y el norteamericano.
La relación del Reino Unido con sus vecinos europeos ha sido siempre compleja, incluso antes de acceder a la Comunidad Económica Europea. Cuando esta se constituyó, el primer ministro, Anthony Eden, decidió dejar a su país fuera. Pero los británicos no tardaron en darse cuenta de las ventajas de estar dentro. En 1961, el premier Harold Macmillan solicitó la adhesión, animado por el presidente Kennedy. Pero sus deseos chocaron con el carismático De Gaulle, quien vetó su entrada. En una conferencia de prensa en 1963, el presidente francés afirmó: «Si entrasen, la CEE no duraría demasiado. Se convertiría en una colosal comunidad atlántica bajo dominación y dirección americana».
La salida del poder de De Gaulle en 1969 allanó el camino británico porque su sucesor, Georges Pompidou, temeroso de la fuerza ascendente de Alemania, entendió que la entrada del Reino Unido reequilibraría el poder entre los tres. Y, en efecto, el triángulo franco-británico-alemán ha dominado la política europea hasta la actual crisis del euro.
En 1973, el Reino Unido entró en el club europeo. Los beneficios para su país quedaron bien recogidos en una comunicación del Gobierno que decía: «Nuestro país será más seguro… Nuestra habilidad para promover la paz y el desarrollo en el mundo será mayor; nuestra economía, más fuerte; nuestras industrias y gentes, más prósperas». El equilibrio entre el círculo europeo y el norteamericano ha sido siempre difícil de articular. A los británicos les conviene Europa pero están enamorados de Norteamérica, y esta no les hace suficiente caso.
Thatcher comprobó el potencial económico del círculo europeo y las limitaciones del norteamericano en las relaciones internacionales. Su pragmatismo la llevó a entenderse con Mitterrand y Kohl para poner en marcha el mercado único. Sin embargo, a pesar de sus excelentes relaciones con el presidente Reagan no logró su apoyo en la guerra de las Malvinas. Poco después, Bush padre declararía que Alemania era su aliado estratégico preferido en Europa.
Pero fue Blair quien pudo confirmar la nula influencia británica en su amigo norteamericano. A su llegada al poder, prometió situar a su país en el corazón de Europa. Y así lo hizo inicialmente cuando en 1998 impulsó la Europa de la defensa junto con Chirac en Saint-Malo, entre otras razones ante el temor de que su país perdiera influencia en la UE por el nacimiento del euro.
Los deseos de Blair se desvanecieron cuando la crisis de Irak en el 2003 tensionó los dos círculos. El primer ministro británico priorizó su relación con EEUU a costa de dividir a los europeos, que mayoritariamente apoyaban los planteamientos -más diplomáticos y menos belicistas- de Francia y Alemania. Y apoyó a Bush hijo sin reservas. Como bien señaló William Wallace, Blair, en lugar de situar a su país en el corazón de Europa, lo condujo al corazón de Norteamérica, solo que sin ninguna influencia en Washington.
Desde el episodio de Irak, el vínculo entre Washington y Londres ha seguido perdiendo fuelle. En una reunión de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de los Comunes en marzo del 2010, los diputados aconsejaron dejar de lado la expresión «relación especial» para describirlo. De hecho, refleja más una situación «histórica y sentimental» que real.
La crisis mundial ha precipitado la emergencia de China y otros países. El eje del Pacífico está sustituyendo al del Atlántico y al pragmático Obama lo han bautizado ya como el primer presidente posatlantista. No hay engaño: ahora más que en 1973, el Reino Unido necesita a Europa para influir en el mundo.
El viceprimer ministro británico, Nick Clegg, es consciente de todo esto y ha alertado sobre el aislamiento de su país. Pero tiene en contra al propio Cameron, que, jaleado por su público más euroescéptico, ha celebrado lo ocurrido: ¡el Reino Unido ha abandonado el Titanic a tiempo! Puede que tengan razón y estemos ante el final de Europa, pero de no ser así quizá nos encontremos con un gran país navegando en solitario, en una embarcación pequeña y demasiados transatlánticos a su alrededor.
Máster en Relaciones Internacionales de la UE por la London School of Economics.
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