El Periódico

El origen de la crisis

Antoni Serra Ramoneda

A. Serra Ramoneda

Presidente de Tribuna Barcelona

¿Quién tiene la culpa?

Los políticos españoles han hecho oídos sordos a las recomendaciones de los economistas

Domingo, 22 de julio del 2012

Como explicó Fuentes Quintana, en España los estudios de economía solo alcanzaron rango universitario independiente, tras un largo y penoso parto, a mediados de la década de los 40. Quienes hasta entonces cultivaban esta ciencia modesta, como acertadamente la calificó Alfred Pastor, eran autodidactas, aunque algunos habían mejorado su formación en el extranjero. Eran economistas de secano como el propio Sardà Dexeus se calificaba, aunque, gracias a él, la economía española pudo liberarse del dogal autonómico franquista y emprender el camino del crecimiento.

Desde entonces se han multiplicado en nuestra geografía los centros dedicados a la enseñanza y a la investigación en economía. Por doquier han brotado facultades y escuelas; y ya son centenares de miles sus egresados, como dirían en Iberoamérica, incorporados al quehacer laboral en la administración o el sector privado.

LOS ANÁLISIS bibliométricos de las bases de datos como Econlit o SSCI demuestran el empuje de la actividad investigadora en economía teórica de las instituciones españolas. Las revistas de mayor nivel académico, todas en lengua inglesa, contienen frecuentemente artículos firmados por compatriotas, fenómeno que no deja de crecer. Como muestra un botón. La Barcelona Graduate School of Economics se precia de ser la tercera institución mundial en cuanto a producción científica en revistas de primera categoría. Y en el profesorado de los centros de mayor prestigio figuran personas formadas en España.

La pregunta es inevitable. Si ello es así, ¿cómo es posible que nuestra economía se encuentre hecha unos zorros y que, con la cabeza gacha, acudamos sumisos a aplicar las medidas urdidas por especialistas de allende los Pirineos? ¿Los economistas españoles no supieron, o no pudieron, evitar la caída en la sima y ahora encontrar la receta para salir de ella? Son varias las respuestas posibles a estas por lo demás justificadas preguntas. La primera es que nuestros políticos han hecho tradicionalmente oídos sordos a las recomendaciones, siempre antipáticas, de estos aguafiestas que son los economistas. Como ejemplo extremo valga la frase con la que Barreda respondió a las críticas que se hacían a su gestión al frente de Castilla-La Mancha por lo malparadas que había dejado las finanzas públicas al abandonar el cargo: «(Yo) era un presidente autonómico y no un contable, y no afronto la política con esta mentalidad». En cambio, Merkel no parece hacer ascos a los números formados en columnas de debe y haber, seguramente por no haber respirado el mismo aire que don Quijote. Los cuantiosos fondos que durante años generosamente nos enviaban nuestros socios de la Unión Europea fueron utilizados en proyectos faraónicos que no hubieran superado el más elemental cálculo de coste/ beneficio social. Cuando no, como ha explicado Germà Bel, en un bien documentado libro, en clonar, aquende los Pirineos, el modelo centralista napoleónico sin reparar en el coste de oportunidad de los recursos empleados ni en los efectos que las consiguientes infraestructuras podrían tener sobre la actividad productiva.

Una segunda explicación desviaría cuando menos parte de la culpa a los economistas por no haberse querido, muchos de ellos, ensuciar las manos en cálculos siempre discutibles por su imprecisión y haber preferido, los más preclaros, permanecer en su torre de marfil dedicados a abstrusas disquisiciones teóricas de escaso o remoto efecto práctico. A riesgo de ser tildado de corporativista justo es reconocer que en estos últimos tiempos, con el navío zozobrando, esta crítica ha perdido vigor. Todos tenemos en la mente los nombres de economistas de fama mundial que no han dudado en arrimar el hombro para salir del atolladero, bien sea expresando sus opiniones en los medios de comunicación sobre las medidas a tomar, bien aceptando cargos que no traen aparejados sino dolores de cabeza.

LA TERCERa es el tradicional sesgo hacia la teoría monetaria de las pocas instituciones españolas dedicadas a la investigación empírica. El Servicio de Estudios del Banco de España, al que en su día Sardà Dexeus dio un impulso formidable que Luis Ángel Rojo supo mantener, fue siempre el think tank diseñador de la dirección de la política económica española. Su preocupación se centró en las variables monetarias, como los tipos de interés o de cambio, y en su correcta utilización para asegurar el rumbo de la economía real, esa que algunos se empeñan en calificar de productiva. Cuando el euro trasladó este timón a Fráncfort a principios de este siglo no ha habido un órgano pensante con suficiente potencia para influir sobre la única palanca que nos quedaba, la economía real. Y hemos ido dando tumbos hasta el barrizal. Nadie ha sabido, o podido, inspirar una política económica coherente.

Economista.

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