Los periodistas no debemos ser nunca noticia. Excepto cuando suplantamos nuestra labor de informar y nos dedicamos a otra cosa. Más o menos honestamente, pero a otra cosa distinta de la labor original de informar sobre los hechos relevantes que pueden interesar a los ciudadanos. La prensa conservadora de Madrid, especialmente Abc y La Razón, lleva días obsesionada por todo lo que acontece en Gibraltar y que presuntamente pone en jaque lo que llama «la seguridad nacional». Esa posición en primer plano de un asunto claramente menor impide que sus lectores entiendan la gravedad de lo que realmente está ocurriendo, que pone en riesgo su seguridad desde el punto de vista económico, sus ahorros y sus pensiones. En paralelo, el diario El Mundo ha lanzado otra cortina de humo y ha desplazado de la primera página las espeluznantes cifras de Bankia en favor del ultraje de los silbidos al himno y al Príncipe.
Información publicada en la página 68 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 26 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
No esperen de esta columna una crítica farisaica de este comportamiento profesional. Los diarios interpretan la realidad. Todos. Solo hay que rogarles que no la inventen. Pero la pregunta que se hacen las periferias peninsulares es otra: ¿Esa prensa de Madrid es la única idea de España disponible en este momento?
Una España madrileña
Ese Madrid que ahora decae con Bankia y el déficit oculto aparece en los medios como la única España posible porque quienes no se pliegan a sus símbolos, a sus negocios y a sus disposiciones son tildados de nacionalistas excluyentes. La pregunta, pues, desde la periferia es saber si existe o no otra España que la madrileña y si todo Madrid se siente representado en esa España. El partidismo puede explicar algo de lo que pasa, pero el fenómeno se repite con gobiernos de distinto signo ante el silencio pusilánime de la izquierda que no levanta una idea alternativa.
Algo de todo ello hay en los silbidos de la Copa y en las demandas de pacto fiscal. La arrogancia de ese Madrid que ha comprado en exclusiva la idea de España hasta hacerla excluyente.