Olga Merino
Periodista y escritora
Hubo un tiempo en que de Atenas solo nos llegaban noticias de millonarios, de yates y de amoríos con glamur. Era otra época, claro. La de una mítica saga de armadores griegos emparentados entre sí: Aristóteles Onassis, su suegro Livanos y su cuñado Stavros Niarchos. Un amigo mío de afilada ironía dice que si Onassis estuviera en el mundo de los vivos, nos habría ahorrado esta interminable tragedia griega en tropecientos actos que mantiene en el matadero a los cerditos del flanco sur. El tío Ari hubiese puesto el maletín encima de la mesa.
Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 21 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
De hecho, ya lo hizo con Mónaco. Acabada la segunda guerra mundial, cuando aquello se limpió de nazis, el principado estaba patas arriba. La ruleta y los hoteles criaban telarañas. La mayor parte de la población apostaba por la anexión a Francia, los comunistas querían una república y nadie daba un duro por Rainiero. Hasta que llegó Onassis con los dólares; hagan juego, señores. Mano a mano, convirtieron Mónaco en una fábrica de hacer billetes, en un inmenso decorado de cartón piedra, más o menos lo que es la Unión Europea ahora mismo. Con el tiempo, el príncipe Grimaldi y el millonario se pelearon por los beneficios del casino y llegaron incluso a los tribunales. Pero esa es otra historia.
Qué tipo, Onassis. Fullero y listo como un gato, supo hacerse rico con el dinero de otros, que ya es mérito. Su mayordomo contaba que descubrió una noche el gran secreto de Ari, tal vez la clave de su éxito. Resulta que, la víspera de cualquier reunión de negocios, se respondía en voz alta las preguntas que podían formularle sus adversarios, las réplicas y contrarréplicas. O sea, hacía de sparring de sí mismo. Se buscaba los tres pies al gato, de manera que acudía a la cita con la dialéctica niquelada. No estaría mal, pues, que Rajoy y su tropa se aplicaran el cuento y ensayaran el papel antes de salir a escena. Quizá así nos enteraríamos del lío con el rescate, las presiones y tal. O de alguna verdad, aunque duela.