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LOS SÁBADOS, CIENCIA

El progreso moral

La ampliación del sentimiento de compasión frente al del placer morboso supone un avance de la humanidad

Sábado, 8 de diciembre del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
JORGE WAGENSBERG

Las cuatro pasiones humanas fundamentales se obtienen por combinación simple de dos pares de conceptos: lo propio (y lo ajeno) y la alegría (y la tristeza). Se trata de la alegría empática, que es la alegría propia por la alegría ajena (1); de la envidia, que es la tristeza propia por la alegría ajena (2); del placer morboso, que es la alegría propia por la tristeza ajena (lo que los filósofos románticos alemanes denominaban shadenfreude) (3), y de la compasión, que es la tristeza propia por la tristeza ajena (y 4). También se puede hablar de la autocompasión (tristeza propia por la propia tristeza), de autoestima (alegría propia por la propia alegría) y de dos formas diferentes de melancolía: la alegría propia por la propia tristeza y la tristeza propia por la propia alegría.

MONRA

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Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 08 de diciembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Sin embargo, las pasiones de mayor trascendencia social son las cuatro que combinan lo propio con lo ajeno. En efecto, la alegría empática está en la raíz del progreso social (qué contento me da tu contento), la envidia está en la base de la resistencia del progreso creativo (cómo me duele tu contento), el placer morboso está en la raíz de la resistencia al progreso moral (qué contento me da tu pena) y la compasión es el motor del progreso moral (qué pena me da tu pena).

El progreso moral resulta, pues, de un tenso compromiso entre dos grandes fuerzas: la compasión que empuja a favor y el placer morboso que empuja en contra. He aquí las dos grandes preguntas. ¿Existe el progreso moral? Y en el caso de que así sea, ¿qué o quién impulsa el progreso moral?

El siglo XX en Europa ha sido sin duda el más cruel y sanguinario, con sus guerras mundiales, sus regímenes totalitarios y sus genocidas psicópatas. Sin embargo, y a pesar de ello, se puede asegurar que el progreso moral existe desde el mismo amanecer de la humanidad.

El progreso moral se mide por el grado de ampliación del dominio del sentimiento de compasión. Según arqueólogos de la Universidad de Nueva York, existen evidencias de compasión en los chimpancés desde hace seis millones de años. Hace casi dos millones de años el Homo erectus ya se dedicaba a aliviar las penas de familiares cercanos, curaba enfermos y se entristecía con su muerte. Hace unos 50.000 años el Homo neardentalensis ya protegía a los más frágiles (se ha encontrado un individuo con un brazo atrofiado, pies deformes y ciego de un ojo que vivió hasta los 20 años). Desde hace 120.000 años el Homo sapiens ha ido ampliando los dominios de su compasión hacia los forasteros y los animales. Aunque muy poco a poco, pues en el año 80 el emperador Tito organizó una fiesta de 100 días en el Coliseo romano en la que murieron 9.000 animales salvajes.

Pero la compasión sigue ensanchando su campo de vigencia, porque en el siglo V se eliminan las luchas de gladiadores y en el VI el humano empieza a avergonzarse de los espectáculos con luchas a muerte entre animales. La esclavitud no queda abolida oficialmente hasta el siglo XIX y las mujeres ganan el derecho a votar en pleno siglo XX. Aún quedan esclavos en muchos lugares del planeta y aún existen colectivos donde una mujer no puede conducir un automóvil. Sin embargo, el progreso moral ya los hace indefendibles. No es fácil adelantarse al espíritu de los tiempos, pero ¡qué fácil es quedarse atrás!

El espíritu de los tiempos es eso que los filósofos alemanes llaman el zeitgeist, el clima cultural de una época, una rara combinación de los nuevos conocimientos adquiridos, la comunicación y la conversación entre personas que no ignoran lo mismo... El zeitgeist no es, por definición, fruto de sólidas convicciones ni de tradiciones ancestrales. Por eso ningún músico escribe hoy como Mozart y por eso es tan difícil componer el estilo de la música del siglo que viene.

Como muy finamente advierte Richard Dawkins, ni siquiera los visionarios más avanzados de su tiempo tienen la perspectiva suficiente para abarcar el zeitgeist que les ha tocado vivir. Abraham Lincoln declaró que jamás estaría a favor de la existencia de jueces negros y Charles Darwin dijo que costaba creer que los indios de la Tierra de Fuego fueran seres humanos y habitantes del mismo mundo. Hoy ellos mismos se quedarían helados de sus propias palabras.

Hace poco he visitado la isla de Lobos, frente a Punta del Este, en Uruguay. Las mismas personas que antes mataban a los lobos marinos a bastonazos para comerciar con su piel, con su grasa y con los testículos de los machos, hoy los cuidan y protegen. Por allí ya sopla la fresca brisa del zeitgeist. Pero aún no se puede decir lo mismo de la aldea japonesa de Taiji, donde cada año el agua de la bahía se tiñe de rojo con la sangre de 20.000 delfines, ni de ciertas gastronomías en las que aún se despelleja vivos a los animales que luego se tuestan en la sartén.

Director científico de la Fundació La Caixa.

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