Hace unos años, se apoderó de la conciencia colectiva el lamento desesperado de una anciana que iba repitiendo «el fuego... el fuego» y que no tenía a mano ningún calificativo para ordenar la inmediatez de aquellas llamas que habían dañado el paisaje que la había visto crecer. Una de las características de los incendios, quizá la más hiriente, la más lacerante, es que no admiten descripciones. Podemos hablar, por supuesto, de hectáreas quemadas, de efectivos y voluntarios, de insensibilidad política, de desolación, de irresponsabilidades, negligencias y delitos, pero nunca seremos capaces de ir hasta el corazón del ardiente combate. No se puede explicar, por ejemplo, la huella del humo en la piel, que se mantiene en el tiempo y que se incorpora al olor corporal como un perfume siniestro. Ni tampoco el crepitar constante de las ramas que se consumen o el latir flamígero e inquieto que se alza de entre los arbustos. Y no se puede describir, más allá del tópico dantesco, el inefable cielo cambiante que repasa las tonalidades del naranja y que se acerca al gris de plomo y que se convierte en un rosado que no es el de los atardeceres apacibles sino el de la insinuación deslumbrante y lejana de la tragedia. Como lo son, en la distancia, las cenizas que vuelan y se depositan sobre los árboles todavía intactos del lugar desde donde solo se intuye la destrucción del bosque que se quema. No hay un relato que pueda describir el infierno.