Hubo un tiempo en el que en Catalunya y en otros lugares de la península proliferaron los llamados afrancesados. Mientras en lo que se daba en llamar España crecía la intolerancia y el absolutismo con algunas gotas de un fracasado empeño liberal, los afrancesados mantenían vigente la idea de la libertad, la igualdad y la fraternidad, incluso a pesar del imperialismo napoleónico. Cada vez que visito Girona y veo los árboles de la Devesa pienso que fueron plantados por el espíritu napoleónico y ahí están, dándonos sombra y cobijo histórico.
Quiero ser francés por cosas aparentemente pequeñas. Me gustaría ser francés por las contradicciones brutales de los vecinos del Norte, pero también por haber sido tierra de acogida durante muchos años. Quiero ser francés porque en Francia tienen su sepultura los mejores políticos de España y porque siempre hemos pensado que las sendas de la huida se dirigen a ese Norte que no siempre nos ha comprendido. Me gustaría ser francés para fundirme en su paisaje y sus canciones, para pensar como Montaigne y para luchar como un maquis, para combatir su espíritu colonial y para celebrar su saber enciclopédico.
Me pregunto qué debería hacer para serlo. ¿Bastaría con empadronarme en una ciudad de provincias y jugar cada día a la petanca? Pero yo no quiero ser francés por el hecho de vivir en Francia. Me gustaría que fuera Francia la que me ofreciera su ciudadanía. Que llegaran a mi casa y me dijeran que tenían las puertas de su país abiertas para mí. Entonces, comprobaría si al Estado español le intereso como ciudadano o simplemente como contribuyente. Me gustaría abrir la puerta al funcionario de Exteriores y de Justicia haciéndome una contraoferta que demostrara su interés. ¿Acaso todos los países del mundo no velan por la adopción internacional de sus bebés? Pues me gustaría que el Estado al que alimento se preocupara de nutrirme con dosis de fraternidad, de libertad y de igualdad. Mientras esto no ocurra continuaré pidiendo a las autoridades francesas que me dejen ser de los suyos. Al menos, que sea yo el que me equivoque.