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Pequeño observatorio

La primera y la última golondrina

Viernes, 4 de mayo del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Josep Maria Espinàs Periodista y escritor

Escribo estas líneas cuando ya ha pasado el tiempo de ver aparecer las golondrinas. Durante años nos han visitado en el mes de marzo, pero ni en marzo ni en abril he visto ninguna golondrina volando muy cerca de la azotea de casa. ¿Acaso no me he entretenido lo suficiente, observando más allá de la cortina?

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Información publicada en la página 12 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 04 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Pero el hecho es que no había que buscarlas: un día llegaban y oía sus pequeños chillidos. Y dejaba mi trabajo y salía unos minutos a la terraza del ático para ver de cerca su vuelo rápido, sus cambios de dirección repentinos, su agudo pero pacífico trino. Evidentemente, no soy ornitólogo y es probable que no utilice las palabras adecuadas para explicar estos hechos. Y digo golondrinas y no vencejos -que ya sé que son dos pájaros diferentes- para simplificar.

La ausencia de las golondrinas, si es un fenómeno general y no una exclusiva de mi barrio, debe tener alguna explicación. No parece que otros pájaros más poderosos les hayan quitado el espacio, porque el cielo es ahora silencioso y no lo veo ocupado por ningún invasor.

La golondrina está muy ligada a mi infancia. Yo no tenía aún 10 años -y lo sé porque habíamos cambiado de casa, huyendo de las bombas de la guerra- cuando escribí unos versos sobre las golondrinas. Unos versos muy deficientes, claro. Pero con la pretensión de que fueran versos. Y si los hice sería porque allí, en aquella Barcelona de casas más bajas y horizontes más abiertos, la llegada de las golondrinas era más visible y se oían más próximos sus pequeños gritos.

He recordado toda la vida aquel intento de versificación, incluso algunas palabras: «L'alegre volar de l'oreneta que fa via cap a la calor», y quizá por aquella inhábil probatura lírica puedo explicarme que, con el paso de los años, yo haya conservado una especial ternura cuando he contemplado el vuelo de una golondrina. Y ahora me doy cuenta de que aquellos pájaros no se han presentado a la cita primaveral; quién sabe si su misión es, ahora y como siempre, ir a sorprender a los que son niños y se emboban con la fugacidad del vuelo de las golondrinas. Quizá creen que yo ya no soy un niño, que estoy pendiente del euríbor y de si se debe reformar la Diagonal o no. Que, dedicado intensamente a escribir, no alzaré nunca los ojos de la máquina para dar un vistazo al cielo. Quizá está bien, así. No saber cuál ha sido la última golondrina de mi vida.

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