El Periódico

Los efectos del desafío soberanista

Joan Tapia

Periodista

Un presidente contrariado

@joantapia00

Mariano Rajoy comprueba que el éxito económico no le da los avales políticos que cree merecer

Un presidente contrariado

Andreu Dalmau

Mariano Rajoy, en su intervención de clausura de las jornadas del Cercle d'Economia en Sitges.

Sábado, 27 de mayo del 2017 - 20:25 CEST

El presidente del Cercle d’Economia, Joan Josep Brugera, agradeció ayer a Mariano Rajoy que fuera la decimocuarta vez en la que –como jefe de la oposición o como presidente– acudía a Sitges. No controlo tanto mi agenda, pero habré escuchado más de la mitad de esas intervenciones. Y todas ellas desde que es presidente. No es mi intención presumir de dedicación profesional sino poner en contexto que ayer Rajoy me sorprendió.

Es un presidente que –se piense lo que se piense– merece respeto. Aznar le hizo perder sus primeras elecciones en el 2004 y ha sobrevivido a ocho años de oposición y a cinco de gobierno en momentos muy duros. Aunque nunca fue un 'pico de oro', ayer le noté algo más inseguro. Triunfalista a ratos, dolido en otros momentos. Alguien de su más estrecha confianza me dijo que me equivocaba: el presidente solo había estado vehemente. Quizá sea así, vehemente porque está contrariado. ¿Por qué?

LA ECONOMÍA VA BIEN

Rajoy tiene su razón en los dos grandes asuntos que abordó. Uno, la economía española va bien. Crecemos más que la media de la zona euro y que Alemania, estamos en el cuarto año de fuerte creación de empleo y tenemos una balanza corriente con superávit. ¡Notable! Y la política de austeridad presupuestaria y las reformas ejecutadas desde el 2012 han tenido gran influencia.

Pero este acierto pierde autoridad cuando se convierte en triunfalismo. Y quizá recurra a él porque el éxito económico no le da el aval político que cree merecer. No solo va a ganar la batalla presupuestaria, que tiene razón en que es esencial para dar imagen de país serio, con dos votaciones raspadas –una 175 a 175 y la otra, aún pendiente, de 176 a 175– sino que el PSOE ha elegido a Pedro Sánchez e intuye problemas para la gobernación y seguir las reformas.

Es lógico resaltar los méritos propios, pero ignorar que la gran causa de la situación penosa del 2008 fue la crisis internacional es algo sectario. Omitir que la política de tipos de interés cero y de compra de deuda del BCE ha sido relevante es negar la realidad. Y no reconocer que se aprobó el techo de gasto del 2017 gracias a la abstención del PSOE es confesar una frustración. A Rajoy le gustaría gobernar hoy –eso sí, mandando– en algo similar a la gran coalición y cree que no es posible por culpa del PSOE. Olvida que los dos partidos generaron una cultura de desprecio mutuo que ha sido interiorizada por los electorados. ¿Quién tiene la culpa? Importa ya poco, pero ni Aznar con el GAL ni Rajoy votando contra el plan de austeridad de Zapatero en el 2010 –lo que no hicieron Mas y Duran Lleida– pueden tirar la primera piedra. Rajoy está enfadado –y buena parte del mundo económico, inquieto– porque la mayoría para seguir una política de reformas está en el aire. Y el rosario de casos de corrupción del PP no va a ayudar nada.

HABLAR PARA TVE

Pero fue en el conflicto catalán donde más dolido se notó a Rajoy. De entrada, sonó extraterrestre cuando dijo que no pensaba hablar de Catalunya y que solo lo hacía porque Brugera se lo había planteado (rumores en la sala). Hablaba para los de Sitges, pero también para TVE y se entiende que dijera –y reiterara– que ni quería ni podía entrar en una negociación en la que –de entrada– se le exigía un referéndum de autodeterminación. Pero se pasó de vehemencia y en algún momento fue incoherente. No se puede decir, primero, que «digan lo que digan se quedarán fuera de Europa», y luego asegurar que la independencia es imposible.

Y tiene razón en que la equidistancia no es posible cuando se enfrenta la Constitución, votada por todos los españoles –por los catalanes con más mayoría–, con el 47,8% de unas elecciones autonómicas. La legalidad –y la legitimidad– están claras. Pero eso no justifica que cuando se le preguntó por soluciones tipo tercera vía respondiera: «Quiero decir que comprendo a la persona que me hace esta pregunta, pero a mí se me exige que tolere un referéndum ilegal».

La Constitución impide el referéndum de autodeterminación, pero no se entiende la negativa a explorar alguna fórmula de tercera vía

¿El presidente del Gobierno no puede tomar iniciativas? ¿Tiene miedo o pereza de mover el tablero? Quizá piense que la tercera vía es impopular en el resto de España, pero en eso el PP tiene su parte de culpa. Rajoy está seriamente contrariado porque comprueba que la economía no lo cura todo y que lo de Catalunya no se solucionó –sino que se complicó– con la sentencia del Constitucional. Y no puede ignorar que las mutuas intransigencias anteriores hacen casi imposible evitar ahora el choque y que tendrá que tomar decisiones complicadas y antipáticas. Todavía más que la reforma laboral.