Olga Merino
Periodista y escritora
Tiene guindillas que el acuerdo presupuestario de la Generalitat para el 2012 se haya guisado en la romántica plazoleta de Sant Felip Neri, bajo el cuarto menguante de la luna y justo en San Valentín, el día de los enamorados. El amor está loco -el santo patrón lo sabe- y cristaliza en muy diversas manifestaciones, desde el flechazo de pasión irresistible hasta el casamiento por conveniencia, como el que une a convergentes con populares. Digan lo que digan, un matrimonio en régimen de gananciales que se resume en dos cláusulas: la abstención del PP facilita la aprobación de los presupuestos catalanes y CiU, a cambio, tragará con cuantas cucharadas de vinagre económico propongan Rajoy y el Ejecutivo central.
Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 17 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Convergentes y populares se ayuntan para imponer un ajuste duro que pagan, como de costumbre, quienes menos culpa tienen de la crisis. Pasan los meses y no se atisba luz alguna; hay que pasar de puntillas sobre las noticias porque todo mancha: una reforma laboral con pocos visos de solventar el drama del paro, el país al borde de la recesión, la deuda catalana a la altura del betún. Hospitales sin mantas. Maestros recortados y en pie de guerra. Y, encima, el único proyecto que habla de empleo es un horrible megacasino en plan Las Vegas que cambia el ladrillo por las tragaperras. La realidad está para salir corriendo, como Urdangarín.
No deja de ser curioso cómo la crisis está transformando la percepción del tiempo: mirar hacia el futuro asusta tanto que no queda otro remedio que atrincherarse en la inmediatez del presente, en las habas contadas. Todo es un aquí y un ahora tiránicos porque tal vez mañana aún sea peor. En ciertas épocas uno no sabe dónde encontrar cobijo. Como decía Cortázar, un argentino irrepetible, «los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo». Los libros o echar una mirada, entre los trajines que nos ocupan, al cielo limpísimo que han dejado los últimos fríos.