¿Cuánto tiempo guarda la mente una imagen? Rostros, paisajes y colores que en 18 años contempló Joan Pons siguen ahí, alimentando una visión del mundo que hace 23 años construyen para él oído, olfato, gusto y tacto. Joan perdió la vista en un accidente. Pero nunca perdió el coraje con el que aprobó una carrera, montó su consulta de masajista, enamoró a una mujer, se casó con con ella y con ella tiene una hija de 3 años. Como los Paralímpicos que luchan por sus medallas en Londres, la vida de este vecino de Sant Sadurní d'Anoia demuestra que donde no llega uno de nuestros sentidos puede deslumbrarnos cualquier otro.
Información publicada en la página 80 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 08 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
-¿Está siguiendo los Paralímpicos?
-Estoy atento a ciertos resultados, como los de atletismo, quería saber qué hacía Pistorius, pero solo lo sigo en los telediarios. Los Paralímpicos de Barcelona sí los seguí con mucho interés, e incluso asistí a varias competiciones.
-¿Practica algún deporte?
-Natación, pero solo para estar en forma, nada de competir. Aunque quisiera engancharme a algún otro deporte. Tengo amigos invidentes que me cuentan que practican de todo, esquí, incluso tiro al arco.
-¿Qué le demuestran esos amigos y, a la humanidad, los Paralímpicos?
-Que la palabra minusválido es solo eso: menos válido, pero en según qué. En el resto, somos como todos.
-Dice que no compite, pero consigo mismo sí lo ha hecho. Si no, ¿cómo se saca una carrera sin ver?
-Visto de ese modo, sí, he competido conmigo mismo. Y a veces siento que tengo que hacer más cosas todavía para dar ejemplo.
-¿Cuál es el sentido que tiene más desarrollado?
-Cuando se pierde la vista, el oído pasa a ser el rey, y para mí el siguiente es el tacto. El oído me ayuda a moverme y con el tacto trabajo.
-¿Qué hacen sus manos? ¿Tiene algún masaje como especialidad?
-Mis manos localizan los puntos que una persona tiene mal, tensiones, contracturas, puntos mal alineados... Yo me especialicé en masaje shiatsu, me interesé por el mundo oriental gracias a una compañera japonesa que estudió conmigo shiatsu. Y fui a Japón dos veces. Aquí las personas invidentes venden el cupón de la ONCE, pero en Japón son expertas en masaje.
-Y usted se inspiró en Japón.
-Sí. Incluso estudié japonés. Lo chapurreo un poco, pero no lo escribo.
-Y en su carrera ¿tuvo todos los apuntes y libros en braille?
-No, el braille va bien para textos cortos, como los botones de un ascensor o el prospecto de un medicamento, pero para libros hay programas muy avanzados de audio que te puedes descargar en el ordenador.
-¿Puede chatear y escribir mails?
-Sí, y ahora estoy descubriendo el Whats App. Apple es una maravilla. Por suerte, la tecnología avanza para todos. Hay un programa, Voice over, que un amigo me recomendó, y ya tengo Whats App con audio.
-¿Y cómo se apaña para cobrar a sus clientes?
-Con el dedo mido cada billete. Y por los cantos reconozco las monedas. Con los euros va muy bien.
-¿Cuántas espaldas toca al día?
-Unas siete. Y lo que más me satisface es que al día siguiente me vengan a contar que han dormido bien. Porque hay gente que viene después de tres noches sin dormir.
-¿En la camilla se habla mucho?
-Sí, por eso en la carrera de fisioterapia también estudiamos ética y psicología. Nosotros también tenemos que guardar secreto profesional.
-¿Cuál fue el secreto de su fuerza?
-Tirar siempre hacia adelante. Pero sin mi familia y mis amigos no habría conseguido lo que he logrado. Cuando estás bien no necesitas a nadie, pero en mis momentos de desánimo ellos me levantaron, y por ellos seguí. He heredado el optimismo de mi madre, que dice: «La vida está llena de barreras, unas más altas y otras menos, pero todas las podemos pasar, de un modo u otro».
-¿Conocía a su esposa antes de perder la vista?
-No, la conocí en el tren, cuando los dos íbamos a la universidad. Su madre fue profesora mía en EGB y un día, en la estación, nos presentó. A partir de entonces compartimos siempre el viaje de vuelta a casa.
-Ese tren les llevó lejos... ¿Cómo se imagina a su hija?
-No hace falta, sé que es la niña más bella del mundo. Se llama Mireia.