Joan Ferran
Diputado en el Parlament.
Los más optimistas sostienen que las campañas electorales sirven para acercar las propuestas políticas a la ciudadanía; para estimular a la buena gente para que vaya a las urnas. También dicen que invitan a pensar y que tienen, entre sus objetivos, dar a conocer y contrastar las diversas opciones partidarias. Otros, en cambio, sueñan con números y pugnar por reconquistar porcentajes de votos huérfanos que no tienen destino claro. ¡Dicen tantas cosas sobre este tema! Y.... ¡se omiten tantas!
Creo sinceramente que el ciudadano es, en general, curioso. Le gusta saber qué hay detrás de cada sigla, proyecto, palabra o candidato. Le complace opinar con conocimiento de causa o, en todo caso, no quiere aparecer delante de amigos y conocidos como una persona sin criterio. Quiere informarse y ser informado. De acuerdo, pero es en las convocatorias electorales cuando, desafortunadamente, el circo político ofrece su peor espectáculo en la calle. Y, por cierto, no siempre lo hace ni con los mejores guiones ni con sus figuras o actores más relevantes.
La crisis económica está aquí, la desafección hacia la política y los políticos que no resuelven los problemas, también. Van juntos. Algunos pretenden que sublimemos las frustraciones del presente prometiéndonos una Arcadia donde no existirán las primas de riesgo ni las enfermedades de los mercados. Nos venden el paraíso sin darse cuenta que las emociones temerarias, sin norte, provocan flojera en las piernas cuando llega la cruda realidad.
Pues bien, ha empezado la campaña electoral y, con ella, la confusión entre cargos institucionales y candidatos.
Ha empezado la campaña electoral y, con ella, el uso partidista de los medios de comunicación públicos, con el complemento habitual de algunos medios privados agradecidos.
Ha empezado la campaña electoral y, con ella, una publicidad institucional bajo sospecha en la que símbolos y emociones están al servicio del Govern.
Ha empezado una campaña electoral y, con ella, los mimos a los niños, las caricias a las abuelas, las visitas exprés a los mercados y las 'sonrisas profident'.
Ha empezado la campaña electoral y, con ella, las ruedas de prensa reactivas, vacías, sin tema. Es tiempo de reparto de flores, globos, caramelos y gadgets baratos.
Ha empezado la campaña electoral y, con ella, los exabruptos. También están aquí los desafíos, las insinuaciones malévolas y la guerra sucia vía e-mail o tuit anónimo.
Ha empezado la campaña electoral y, con ella, las promesas y medidas milagro, los mensajes simples y lacónicos dirigidos más a las emociones que a la razón.
Ha empezado la campaña electoral y, con ella, se pactarán los debates televisivos a dos, a tres o a más. Debates encorsetados y pautados para que nadie salga demasiado mal parado. Ganará quien sea capaz de decir la frase política más oportuna y acertada.
Ha empezado la campaña electoral y, con ella, los bloques electorales que los profesionales de los medios de comunicación públicos rechazan y critican 'ad nauseam'.
Ha empezado la campaña electoral que se cerrará, para variar, con mítines llenos de banderas, serpentinas, luces y artistas invitados.
¿Servirá todo ello para estimular la participación? ¿Los carteles colgados en las farolas encenderán la curiosidad de nuestros ciudadanos? ¿La publicidad nos hará leer, con curiosidad, el programa electoral de algún partido? ¿Soportaremos el tedioso debate de los números dos de las listas? ¿Qué sacaremos del debate de los números uno?...
A menudo, la distancia entre el ciudadano y la política es algo más simple que el rechazo a la corrupción o a las promesas incumplidas... El desencanto de muchos se complementa con un 'déjà vu' nada estimulante y monótono.