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La resaca de la crisis

Por encima de nuestras posibilidades

Quienes difunden la idea de los excesos colectivos diluyen responsabilidades nada anónimas

Viernes, 6 de julio del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
ENRIC MARÍN

A medida que nos hemos ido hundiendo en la realidad pantanosa de la crisis económica, ha ganado terreno la idea de que durante años hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y que, en consecuencia, ahora nos toca purgar esa culpa. Creo que este planteamiento expresa una moral equívoca e irritante. Pero no es solo eso. También tiene tres efectos ideológicos perversos. En primer lugar, diluye las responsabilidades de unas prácticas poco ejemplares u ortodoxas que están en el origen de la crisis y que no son anónimas. Tienen nombres y apellidos. En segundo lugar, esta dilución de responsabilidades actúa como justificación de lo que el profesor Antón Costas ha definido como «socialización de las pérdidas» (entre todos pagamos las consecuencias del desbarajuste provocado por unos cuantos). Y, por último, esconde el hecho de que a lo largo de estos últimos años no todo el mundo ha tenido la opción de vivir por encima de sus posibilidades, sin olvidar que las posibilidades eran desiguales.

LEONARD BEARD

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Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 06 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

LAS POLÍTICAS económicas de los últimos 15 o 16 años han sido un éxito aparente hasta el estallido de la crisis. Ahora es fácil decirlo. Cierto. Pero algunos síntomas ya eran claros en los tiempos de bonanza. Lo escribí hace ocho años: «Conecto con facilidad con las voces que señalan que las economías española y catalana tienen pies de barro. (...) No se han aprovechado estos años de coyuntura favorable para transformar el sistema productivo limitando el monocultivo (construcción, servicios-turismo y economía financiera). (...) Se ha perdido la oportunidad de hacer una apuesta rotunda por las infraestructuras (viarias, tecnológicas), la formación y la investigación científica y tecnológica. Esta indolencia la podemos pagar muy cara a medio plazo...» (El Punt, 18 de marzo del 2004). Ahora podríamos añadir que las inversiones en infraestructuras más emblemáticas (aeropuertos y AVE) se han enfocado con una perspectiva más ideológica y de poder que con criterios sociales o de racionalidad económica. Entre el año 1995 y el 2008, la economía española se convirtió en una magnífica pista de aterrizaje para los inversores internacionales, lo que tuvo el efecto de someter la economía a una aceleración imprudente, con una inflación por encima de lo que hubiera sido deseable. Y no hay que olvidar que los mismos que, con parte de razón, ahora nos reprochan los excesos despilfarradores de la Europa meridional, participaron de la fiesta con suficiente entusiasmo y convicción.

Pero, ahora y antes, los datos macroeconómicos adquieren pleno sentido cuando se traducen en el bienestar cotidiano de los ciudadanos. Por eso conviene recordar que, incluso en los años de crecimiento más robusto, las economías domésticas de amplias capas sociales sufrieron un empobrecimiento relativo. Esto no impidió que el bajo precio del dinero invitara a un endeudamiento generalizado. Inmigrantes aparte, dos de los colectivos afectados de forma negativa a lo largo de los años de euforia económica fueron los jóvenes y los pensionistas.

En el caso de los jubilados, es verdad que durante estos años las pensiones se incrementaron de acuerdo con el IPC, pero el peso de la alimentación en el cálculo del IPC es inferior al peso real en el gasto diario de los jubilados. Por otra parte, la modestia crónica del grueso de las pensiones hace que buena parte de los jubilados dependan de forma complementaria de los ahorros acumulados a lo largo de toda una vida. En este sentido, los tipos de interés bajos sirvieron de estímulo económico, pero han perjudicado las rentas de los pensionistas. En el caso de los jóvenes, el precio de la vivienda también ha sido un factor de empobrecimiento. Es cierto que los tipos de interés bajos abarataron los precios de las hipotecas, pero el crecimiento irracional y descontrolado de los precios hizo que el gasto efectivo para la adquisición de una vivienda digna aumentara a un ritmo superior al del nivel medio de los salarios en las primeras etapas de la vida laboral.

EL ESTALLIDO de la burbuja inmobiliaria, la caída de los precios de las viviendas con las hipotecas enquistadas y un paro juvenil desbocado han terminado de dibujar un paisaje más bien deprimente. La pregunta es pertinente: aspirar a la compra de un piso digno ¿era vivir por encima de las posibilidades? Quizá sí, pero hasta hace cuatro días era visto como una forma de ahorro.

Con la perspectiva de estos años de severa crisis económica, ya podemos afirmar que, paradójicamente, los grandes beneficiados por la larga etapa de economía sobrecalentada y de precio del dinero barato no han sido los consumidores de a pie o, en expresión de Vázquez Montalbán, los «peatones de la historia». Quien capturó y acumuló la parte más grande del crecimiento fueron las entidades financieras (hipotecas), las constructoras y, en último término, el sector del automóvil. Ahora, en el momento del aterrizaje brusco en la realidad se vuelve a reproducir la asimetría: muchos de los que más ganaron, reciben; los que no ganaron o ganaron poco y con esfuerzo, pagan.

Periodista y profesor de la UAB.

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