Estoy dispuesto a discutir (y, en algún caso, admitir) todos los peros que sea, empezando por la distancia que hay entre un cuestionario y una consulta vinculante. Se puede decir que la cifra del 51% de votantes a favor de la independencia (según el segundo barómetro del 2012 del Centre d'Estudis d'Opinió) sería menor en el supuesto caso de un referendo de verdad, definitivo. Se puede argüir que no habría tantos, porque muchos de los que ahora expresan en una encuesta su deseo de separación de España calcularían con detalle los pros y los contras y quizá se lo pensarían dos veces ante una urna. Puede afirmarse que la fórmula elegida por la mayoría (un 34% a favor de un Estado propio) no tendría tanto predicamento en función de cual fuese la campaña y de qué miedos o qué deseos fueran superiores. De acuerdo.
Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 28 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Pero del mismo modo que las cifras testimoniales del independentismo eran, hace unos años, el reflejo de una minoría radical y concienciada; del mismo modo que, por falta de apoyo, no eran vistas como una alternativa sólida sino como un reducto simbólico, ahora, una vez los números han cambiado, una vez hay, por primera vez, más gente que quiere abandonar el estatus actual que no seguir los caminos yermos de la idílica federación o la inestable autonomía, ahora hay que entender que estamos ante una hipótesis que merece un análisis riguroso porque, entre otras cosas, es posible. Poca broma.