En esta locura de energúmenos disfrazados de guardias civiles o de gallos nacionales franceses, con la cara pintada de los colores de la patria y el afán de humillación al contrario dibujado en el grito exagerado, de vez en cuando hay una chispa de las cosas que podemos llamar importantes.
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 27 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Un ejemplo. En un momento decisivo del partido entre Italia e Inglaterra, en el instante sin retorno de los penaltis, un futbolista veterano, este jugador enorme, discreto y un punto distante que se llama Pirlo asumió una responsabilidad extrema. Si fallaba, su equipo perdía. Si marcaba, aún había esperanza. Pirlo lanzó un disparo suave, una media vaselina lenta y abrasiva que en todas partes es conocida con el nombre del primer futbolista -Panenka- que se atrevió a desafiar la contundencia del músculo con la estrategia sutil de la araña. Lo bueno del caso, y a eso quiero referirme, es que Pirlo, hace dos años, en un partido amistoso, hizo lo mismo y falló: cayó en el ridículo más espantoso. Este tipo de disparo (como determinados episodios de nuestras vidas) contiene un veneno letal. Acertar nos habla de valor, de sangre fría, de confianza en uno mismo. Errar, en esta variante, incorpora una dosis depresiva que marca para siempre la vida de cualquiera. Pirlo, sabiendo que un día cayó en el vacío, volvió como si nada a intentarlo. Recordaba el pasado y se atrevió a rehacerlo. Poesía en estado puro.