Enric Hernàndez
Director
Rodrigo Rato llegó a ser, en sus tiempos mozos, uno de los parlamentarios más brillantes del Congreso, donde ejerció de portavoz del Grupo Popular. En sus comparecencias como vicepresidente era diestro lidiando con los diputados de la oposición, por su capacidad dialéctica y por su vitola de artífice del «milagro económico español», más conocido recientemente como burbuja inmobiliaria. No es de extrañar, pues, que ayer saliera sin el menor rasguño de una comisión del Congreso concebida por sus señorías más como un enojoso trámite que como un encierro en busca de responsabilidades.
Información publicada en la página 56 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 27 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Como los buenos toreros, el expresidente de Bankia protagonizó en el Congreso un paseíllo en el que no le faltó ni la cuadrilla: los dirigentes del PP que lo escoltaron hasta la puerta grande de la comisión. Una vez allí, los portavoces de los grupos mayoritarios atendieron sus explicaciones sobre la debacle de Bankia, le formularon con desgana un par de preguntas y adiós muy buenas. En un par de horas quedó ventilada la comparecencia de quien dirigía la entidad financiera cuyo descomunal agujero, cifrado en algo más de 23.000 millones de euros, forzó al Gobierno a pedir el rescate europeo, dejando a España a un paso de la plena intervención como país.
Aplacar al respetable
El problema no es que sus señorías fueran complacientes con Rato, que muchas lo fueron, sino que la depuración de responsabilidades exigible por la crisis financiera no se puede sustanciar con comparecencias análogas a las que celebran los ministros. Solo una comisión de investigación verdadera, sin restricciones ni salvaguardas para nadie, permitiría hacerlo. Pero el temor del PP -no solo; sí principalmente- a las comprometedoras revelaciones que pudieran producirse impiden que el Congreso someta a Bankia a una investigación del tenor de la que se ha abierto en el Parlament -ya veremos con qué frutos- sobre las cajas catalanas. Entretanto, solo asistimos a requiebros cosméticos para aplacar al respetable. Toreo de salón.