El Periódico

Restauración de una gran obra

Oriol Bohigas

Oriol Bohigas

Arquitecto

El palacio de la burguesía histórica

El Palau Güell no solo muestra poder, sino innovaciones artísticas y arquitectónicas de vanguardia

Domingo, 17 de julio del 2011

Hace pocos meses, tras un largo periodo de restauración y adaptación, se ha reabierto al público el Palau Güell, en Nou de la Rambla de Barcelona. El turismo que estos años tenía que contentarse con contemplar la fachada y fotografiar las chimeneas de la azotea desde la acera de enfrente, ya tiene a su disposición otro Gaudí. La referencia al turismo no tiene aquí ninguna indicación negativa: es la valoración internacional de uno de los grandes monumentos barceloneses, que es, a la vez, una muestra del talante de la alta burguesía catalana del XIX y su arriesgada apuesta por una cultura de vanguardia.

Esta especial cualidad de la burguesía que gestionó no solo el empuje de la Catalunya industrial, sino el reconocimiento del país como identidad cultural y social es seguramente el primer comentario que suscita la visita, ahora que el palacio ha recuperado su magnificencia original. Una magnificencia que no radica solo en temas ornamentales y decorativos, sino, sobre todo, en la sabiduría arquitectónica de todos los espacios secuenciales, seguramente el gesto más moderno del primer modernismo. El Palau Güell

no es solo una muestra de riqueza y poder, como suele esperarse de los grupos sociales emergentes, sino un conjunto de innovaciones en la ordenación del espacio que consigue plantear una nueva tipología de palacios residenciales que hasta entonces aún estaban enmarcados en los residuos barrocos y neoclásicos. El Palau Güell olvida, por ejemplo, la enfilade y adapta dos tipologías socialmente más modestas pero formalmente más ricas: la residencia urbana de calidad y las referencias a ciertos tipos eclesiásticos con su modesta monumentalidad, pero también con su pairalisme doméstico. La sala central, iluminada solo por los orificios del pináculo y por los dos filtros ambientales de los «pasos perdidos» que la separan de la calle y del interior de manzana, marca un espacio de relaciones verticales -funcionales y visuales- con casi todos los pisos. El pintoresquismo distributivo de las plantas es la solución inteligente a lo que podríamos llamar pintoresquismo vital del propio Eusebi Güell: el proyecto de Gaudí fue cambiando a medida que el propietario adquiría nuevas casas del entorno. Tanto en la inteligentísima composición de la fachada como en la distribución de las dependencias aparecen las llagas de esta evolución y confirman su carácter burgués: el palacio de los Güell, un palacio urbano en un barrio denso, ya en los inicios de su degradación, hecho con la yuxtaposición de trozos catastrales, promovido por la voluntad del nuevo conde de prolongar la casa de sus padres en la Rambla, sumando anécdotas, respondiendo a imposiciones del entorno o batallando ingeniosamente.

Todas estas cualidades y las que responden a la excelencia de la arquitectura se hacen ahora más evidentes que nunca porque la restauración dirigida desde la Diputación de Barcelona por el arquitecto Antoni González y sus colaboradores ha rehabilitado muchos elementos y los ha puesto de manifiesto. Gracias a esta esmerada acción pueden recogerse nuevas observaciones. Por ejemplo, la variada calidad decorativa con la participación de mueblistas y decoradores muy significativos de los periodos iniciales del modernismo, a menudo artesanos que no considerábamos en la órbita habitual del gaudinismo. También, por ejemplo, la extremada voluntad expresionista que predomina sobre el pretendido racionalismo constructivo y funcional que tan equivocadamente suele citarse como la característica más moderna de Gaudí.

El Palau Güell me parece significativo porque es casi su primera obra y aquella en que el torrente espontáneo de la inspiración no estaba forzado todavía por elucubraciones filosóficas o científicas. El Palau Güell y la Pedrera del Passeig de Gràcia, con 20 años de distancia, marcan quizá el hito inicial y terminal de una inspiración formal ligada al expresionismo centroeuropeo y a las raíces modernistas, sin la opresión de una rebuscada lógica constructiva: el Gaudí fundamentalmente revolucionario cuando todavía no había claudicado con la iconografía religiosa-estructural.

Ahora, tras tantas protestas por los malos tratos a que han sido sometidas las obras de Gaudí, tras aguantar las cursilerías expiatorias del templo de la Sagrada Família con las hipócritas oposiciones a la modernización del subsuelo de Barcelona, esta restauración inclina la balanza porque responde a la vez a una valentía adaptadora del diseño y a un análisis científico del monumento y sus circunstancias. Arquitecto.

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