Dice el inteligente refrán que «Barcelona és bona si la bossa sona», pero cada sentencia dispone de su reverso, y la voz popular, siempre autocomplaciente, corrigió que «tant si sona com si no sona, Barcelona és bona». Aún està por ver si la rosa roja olímpica, encisera y condal de ferias y congresos será declarada capital europea anti-sistema (la no victoria del Barça en la Liga ni en la Champions ahorrará cristales rotos y fugaces detenciones) o plató de toda la filmografia japonesa por venir.
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 05 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Estos últimos días la ciudad ha demostrado que, como la loba romana, dispone de pechos suficientes como para amamantar a hijos de distintas procedencias. El cap i casal ha querido acoger esta semana eventos de signo tan aparentemente contrario como la reunión del Banco Central Europeo (para decidir si hay que ahorrar o gastar) con 8.000 inútiles figurantes en pie de guerra y casi cierre de fronteras (como en la boda de la infanta Cristina) y el inocente Salón Internacional del Cómic: la historieta y la historia cara a cara. Y uno imagina, como en la famosa canción de Sisa, a Supermán, Schulz, la familia Ulises y Draghi compartiendo viñeta mientras el protopobre Carpanta se lo mira de lejos y sueña o delira con el banquete de las migas del palacio de Pedralbes. Como dijo alguien, ya desde la más remota antigüedad los hombres se dividieron en dos grupos: los que iban a la guerra a conquistar territorios
-los políticos- y los que se quedaban plácidamente en sus cuevas pintando bisontes -los artistas-. Y por más siglos que transcurran, el divorcio persiste.
Hubo un tiempo en que los tebeos eran cosa infantil, pero dada nuestra eterna condición de niños alguien pensó y acertó en crear dibujitos de largo recorrido, sin fecha de caducidad, y, por aquello de que no hay estética sin ética, la línea clara se fue ensombreciendo hasta alcanzar cotas goyescas. Alguien debería preguntarse por qué acudimos aún al apelativo genérico de cómic cuando una parte muy significante de la obra de los actuales maestros del dibujo tiene un alto voltaje trágico; sirvan como ejemplo los trabajos de El Roto, pintados con caca de perro, que vuelven a invitar a los héroes a pasearse por el valleinclanesco Callejón del Gato para que en los espejos cóncavos resucite el esperpento. O tal vez el arte de la fotografía resulte demasiado cruel para nuestros ojos y haya que retocar las imágenes con tinta de calamar para que la realidad no nos dañe la retina.
Ojalá llegue el día en que las personas que se ocupan de las finanzas del planeta gocen de la confianza y estima de los ciudadanos por ser auténticos artistas en su materia y no precisen, como si ellos fuesen los delincuentes, de tanta gente armada a su paso. Y también ojalá el cómic pueda volver a sus orígenes y hacernos reír, reírnos de nosotros, de nuestras propias caricaturas y las de quienes nos gobiernan a través de la sátira y no por medio de la amargura a la que lleva la desesperación. No olvidemos que los griegos tenían dos máscaras para el teatro: la de la risa y la del llanto. Hace ya demasiado tiempo que a la primera se le está torciendo el gesto.