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opinión

Tomás Navarro

Tomàs Navarro

Psicólogo. Se dedica a la psicología, la consultoría, la formación y la divulgación. Autor de 'Fortaleza emocional'

Nos da miedo...

@Tomasnavarropsi

Martes, 27 de septiembre del 2016 - 17:58 CEST

Vivimos sometidos a los deseos del cruel miedo. Nos da miedo que nos despidan, nos da miedo que nos roben, nos da miedo que no nos quieran y nos da miedo un sinfín de cosas más. Nuestra vida gira alrededor del miedo. Incluso, cuando todo nos va bien, en vez de disfrutarlo, nos asalta el miedo a perder esa efímera sensación de felicidad.

Tenemos muchos miedos. A veces, incluso, tenemos miedo por si acaso... 'Y si...' El 'y si...' Es el padre de todos los miedos, el gran miedo que reparte inseguridad y temor por doquier. Entre nuestros miedos y los miedos que nos prestan nuestros padres, políticos, profesores, amigos y compañeros de trabajo hay uno que se lleva la palma de oro: el miedo a que nos vean tal cual somos, el miedo a ser descubiertos.

No hay nada como que te presenten como psicólogo para ver el miedo en los ojos de tu nuevo interlocutor. Uno, además, incluso se aventura a adivinar lo que le está pasando por la cabeza a nuestro temeroso nuevo amigo ante la secuencia de expresiones y emociones que ve: 'Mierda, me está analizando... Va a ver cómo soy en realidad...'

Claro la raíz de todo está en el empeño que padres, profesores, tías y demás figuras de autoridad educativa, tienen en maltratar y dilapidar nuestra autoestima y nuestro autoconcepto. Todo el mundo, excepto algunas abuelas, se empeñan en decirnos cómo tenemos que ser. ¡Cómo tenemos que ser!

Claro ante semejante panorama no podemos ser como somos, tenemos que ser como tenemos que ser, precisamente, y en ello nos esforzamos hasta que nos da el siroco, la crisis o el ataque y empezamos a preguntarnos por nuestra esencia, la esencia de la persona con la que llevamos viviendo treinta o cuarenta años.

Y aquí empieza un arduo proceso en el que, con suerte, podemos llegar a conectar con nuestro autoconcepto, no sin sangre, sudor y lágrimas. Para poder llegar a ver al ser que somos, a nuestra esencia, tenemos que despojarnos de todo aquello con lo que nos hemos ido vistiendo, de todos los distractores que hemos estado utilizando tantos años, de todas y cada una de las mentiras que nos hemos ido repitiendo como mantras y de todos los caprichos y florituras que nos hemos dado para poder compensar ese delicado equilibrio en el que hemos vivido tanto tiempo.

Es difícil, sé que es difícil. Durante toda una vida hemos estado construyendo un decorado con el que contentar a las personas que nos decían cómo teníamos que ser. Durante toda una vida hemos estado tratando de sostener una fachada con la que ocultarnos de juicios y opiniones que confundíamos con hechos.

Cuesta. Sé que cuesta. Sé lo que es estar, de repente, solo ante una multitud, sin fachada, sin escenario, sin florituras ni decorados, sin disfraces ni maquillaje. Sé lo que es sentir el miedo a no ser aceptado y sé lo que es salir corriendo sin mirar atrás para no ver cómo te juzgan aquellos que quieren que seas según sus deseos.

Pero querido lector, mi mejor consejo es que dejes de correr, o por lo menos si corres que sea para llegar más rápido al lugar en el que encajas, en el que te aceptan y en el que te valoran por lo que eres no por lo que tienes, por tus logros, por tu sumisión o por tus apariencias.

Empieza por aceptarte, deja de simular y muéstrate tal cual eres. Créeme. No necesitas adornos, ni florituras, ni simulaciones. Relájate, deja de correr mirando atrás. Deja de construir un decorado e invierte todo ese esfuerzo que dedicas a la vacua tarea de agradar a otras personas, a fortalecer tus virtudes y a construir una sólida autoestima y un mejor autoconcepto, libre de servitudes y extorsiones.

Recibe con una sonrisa a aquel que te acepte tal cual eres y di adiós con una sonrisa a aquel que quiera hacer de ti alguien que no eres.

Te voy a dar dos consejos. Sí, algunos psicólogos aconsejamos. La vida es breve y para entender algunas cosas no hace falta experimentarlas ni descubrirlas por ti mismo. Dedica ese precioso tiempo que vas a pasar navegando por tu mente a otra cosa. Puedes creerme y aprovechar todo el conocimiento adquirido durante siglos o no.

Bueno, al consejo. Voy al grano. Que no le gustes a alguien no significa que no le puedas gustar a millones de personas. El segundo. Deja de tratar de agradar, complacer y gustar a todo el mundo y empieza a conocerte tal cual eres, a aceptarte y a trabajar en ti y en tu desarrollo.

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