• Domingo 19 mayo 2013, 09:03 h

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Joan Roca. Las mejoras recetas de mi madre

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Rubén no puede conciliar el sueño. No se atreve a decirle la verdad a Montse. Ella está tan enamorada de él y tan fascinada por México que no quiere decepcionarla. Así que decide seguir mostrándole las maravillas de Yucatán.

La nieve desde el trópico

Viernes, 17 de agosto del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
JUAN VILLORO

Y MAÑANA:

LEONARD BEARDSClB

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Información publicada en la página 310 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 17 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

6. La sexta entrega:

'La teoría de los ciclos'

Entre la ruidosas motocicletas de Barcelona, Rubén le había prometido a Montse otros estímulos: «En la selva todo ruido tiene una respuesta».

Felipe Romo aún no regresaba de su gira para anunciar el Apocalipsis Maya y ellos pudieron instalarse en su casa de Mérida, muy superior al cuarto de azotea que él alquilaba desde su divorcio.

Cometió el error de decirle a ella que el sitio era suyo. Le costó trabajo justificar la alarmante colección de camisas hawaianas y explicó que no sabía dónde estaba el café porque su prima se había quedado ahí en su ausencia y era una «desordenadora compulsiva». Montse lo vio con admirable asombro. Todo era tan peculiar en esa tierra que hasta Rubén parecía lógico.

Ella estaba leyendo el libro de John Lloyd Stephens sobre Yucatán. Aquel viaje había sido tan extremo, tan marcado por la otredad, que lo que veía ahora le resultaba más codificable. De inmediato comenzó a tomar apuntes sobre los signos de ese espacio milenario.

Comieron armadillo en salsa de achiote, escucharon las serenatas de los tríos en la Plaza Grande y compartieron las rarezas idiomáticas de lugar. Fueron a comprar El Diario de Yucatán y el vendedor les dijo: «Ya se gastó». La expresión cautivó a Montse: «Lo mismo le pasa al mundo: ya se gastó».

Habían llegado a Mérida una semana antes del Apocalipsis. Rubén tomó la precaución de ir a Chichén por su cuenta, para «arreglar asuntos de trabajo», mientras Montse recorría las piedras blancas de la ciudad colonial.

En la zona arqueológica, Marcia le informó con entusiasmo que Jacinto Pech seguía cavando su ruina. Había llegado al extremo de anunciar el fin de los tiempos en uno de los foros más morbosos, el canal de National Geographic. «Los gringos le pagaron 20.000 dólares por esas declaraciones. Lo tengo documentado», sonrió Marcia. Pech se hundía rumbo a Xibalbá, el inframundo de los mayas. «¿Y si tiene razón?», preguntó tímidamente Rubén. Marcia soltó una carcajada ante tan buen chiste.

Aunque aumentó su dosis de Stilnox a una pastilla y media, Rubén tenía constantes pesadillas. Al despertar, se prometía decirle la verdad a Montse. Con dolorosa inocencia, ella amaba a un impostor; la casa donde vivían -con hamacas de hilo de seda en la terraza- no era suya y nada podía beneficiar tanto a Rubén como que el 21 de diciembre fuera un día normal. Eso significaría la ruina de Pech y él lo sustituiría como líder gremial.

Pero Montse estaba en tal estado de plenitud que él no se atrevía a decepcionarla. Todo le parecía «guay», «flipante» o «fantàstic». Estas palabras lo hacían sentirse justificado al modo de un personaje de cómic, algo que le convenía porque los superhéroes son bipolares. La doble conducta de Rubén no era la de Batman, ¿pero quién quiere estar con el verdadero yo de una persona si el falso es atractivo?

Antes de ir a Chichén, visitaron las ruinas de la ruta Puuc. Ahí se cumplió la promesa de que cada sonido tuviera una respuesta. Un mono saraguato rugió y Rubén le contestó, eso activó el graznido de un pájaro y luego el zumbido de un insecto. Cada murmullo desembocaba en otro. En la selva, no hay sonidos impares. Montse, que había crecido en el caos sonoro de Barcelona, se sintió en la matriz orgánica del ruido.

Vieron las delicadas cresterías de las pirámides Puuc, las iguanas que recorrían las escalinatas al atardecer, los murciélagos que volaban en círculo en la boca de un cenote.

Esas maravillas fueron mejoradas por una desgracia ajena. El ambicioso Felipe Romo quiso explotar hasta el último momento el interés por el Apocalipsis Maya. El 20 de diciembre ofreció una conferencia en Toronto. Esa noche cayó una nevada histórica y el aeropuerto se cerró. No pudo regresar a Yucatán. Escribió un largo correo electrónico en el que se incriminaba por su codicia y agradecía a Rubén que siguiera en su casa. Montaría guardia en el aeropuerto hasta que despegara el primer avión al sur o hasta que «tuviera el valor de un guerrero maya». La última frase era críptica, pero Rubén estaba tan contento que no quiso descifrarla.

«¿Buenas noticias?», le preguntó Montse al verlo sonreír ante su Macbook. Él le mostró un vídeo en Youtube sobre la nevada en Toronto: «El Apocalipsis se acerca», comentó. La nieve sepultaba autos en las calles, las aguas se habían congelado, largas estalactitas colgaban de los puentes, un radar giraba entre una espiral de copos blancos.

Vieron una toma aérea del aeropuerto, convertido en un portaviones de hielo. Rubén sintió el placer compensatorio de quien ve la nieve desde el trópico y sabe que eso le conviene.

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