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Julia Otero

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Julia Otero

Periodista

Nazis

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Viernes, 19 de abril del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto

El 27.534 era su número en el campo de exterminio de Ravensbrück. Llegó allí, antes de cumplir los 30, el 3 de febrero de 1944. Neus Català tiene hoy 97 años y su memoria viva y lúcida es la única superviviente que nos queda del horror nazi. Me emocionó leer hace unos días la entrevista que le hicieron en estas páginas en la residencia de ancianos donde vive en el Priorat y celebro esta semana de homenaje que le tributa EL PERIÓDICO, el medio cuyos lectores la escogieron Català de l'Any en el 2007. He vuelto a releer, con dolor casi físico, sus escritos y testimonios, esos que responden al juramento solemne que las supervivientes de Ravensbrück se hicieron a sí mismas el día de su liberación, el 5 de mayo de 1945: no olvidar mientras estuvieran vivas. Es insoportable la lectura de lo que vieron sus ojos y, sin embargo, imprescindible para acercarse a las peores tinieblas del ser humano. Neus Català fue una de los 133.000 mujeres y niños deportados a un campo de exterminio en el que casi 100.000 fueron asesinados. Neus vio morir de hambre a muchas compañeras, a otras ahogadas en las letrinas, devoradas por perros adiestrados con ese fin; varias decenas fueron reventadas con inyecciones de gasolina en el corazón. Eran experimentos del doctor Gebhardt, cuya crueldad se cebó en «las kaminchen» (conejos de indias), un grupo de jóvenes polacas a las que alimentaban bien con el único fin de que resistieran las atrocidades que cometían con ellas en el moderno quirófano de Ravensbrück. Les extraían, con la anestesia justa que solo las inmovilizara, nervios de sus brazos y piernas, trozos enteros de músculo, huesos. «Las veíamos deambular por el campo con sus horribles mutilaciones», escribe Neus. Durante los 15 meses que estuvo allí, no recuerda un solo día en que los hornos crematorios dejaran de funcionar. Lo hacían día y noche, a un ritmo frenético que, sin embargo, no absorbía las necesidades completas de reducir a cenizas decenas de miles de vidas. Es insufrible leer cómo acabaron los niños judíos y gitanos que llegaban al campo con sus madres: engañados con un bombón en la mano, los hacían bajar a una zanja rociada con gasolina con el pretexto de protegerles de un bombardeo. Luego les prendían fuego. Recuerda Neus que los gritos de esas criaturas hacían enloquecer a sus madres. Muchas se suicidaron, electrocutadas, lanzándose contra las vallas.

Si no conocen el testimonio de Neus Català, les invito a buscar los documentos que ella misma escribió (están todos en la Asociación Amical de Ravensbrück) o a leer la novela que hizo de su vida Carme Martí, Un cel de plom. Es una imprescindible vacuna contra el olvido y la ignorancia. Y, por tanto, contra la banalización de algunos conceptos tan repetidos últimamente.

La definición de Cospedal

Espero que aquel día en que, sentada en el taburete de un bar, María Dolores de Cospedal definió como «nazismo puro» la forma de protestar de algunos ciudadanos desesperados, Neus Català estuviera distraída jugando al dominó, como suele hacer, con sus compañeros de residencia.

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