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La muerte de un líder

Mucho más que héroe de la transición

Santiago Carrillo comprobó en los primeros años de democracia que los hechos derrotaban su proyecto

Miércoles, 19 de septiembre del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Carlos Elordi Periodista

En las primeras semblanzas que aparecieron ayer en internet, el titular que más se repitió fue el de Santiago Carrillo como un personaje crucial para que el paso del franquismo a la democracia tuviera éxito en España. En los textos se abundó en esa idea. Lo demás casi ni figuró. Y, sin embargo, es en esas etapas previas, las de su juventud y madurez política -la muerte del dictador le pilló cumplidos los 60-, donde están las claves que explican quién fue Carrillo, sus ideas y sus afanes vitales. A la postre, su protagonismo durante los pocos años en los que se fraguó la transición fue el de un hombre que justo en ese periodo comprobó que su proyecto político había sido derrotado por los hechos.

LEONARD BEARD

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Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 19 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

SU IDEA DE QUE en España debía producirse una ruptura con el franquismo -pactada, eso sí, con los sectores del régimen que comprendieran la necesidad de la democracia- chocó con la fuerza irremisible de los herederos de Franco. Que, más o menos puestos al día -como el Rey o Adolfo Suárez- o no -como el Ejército, que seguía en la guerra civil-, se negaron a perder sus posiciones. Y, a lo sumo, estuvieron dispuestos a hacer algunas concesiones -que la dinámica posterior y, particularmente, la presión de Europa convirtieron en un verdadero cambio democrático- que sustancialmente suponían el desarme político del Partido Comunista, el gran opositor a Franco, la única organización con capacidad para alterar la marcha de las cosas, que no el resultado final.

La mañana de un día de marzo de 1977 en la que en el salón de reuniones de un hotel madrileño Carrillo anunció al comité central que la dirección del partido había decidido que la bandera roja y gualda, la de Franco, presidiría, junto a la de la hoz y el martillo, los actos del PCE, más de un cuadro veterano lloró desconsoladamente. Y a ninguno de los demás se le escapó la gravedad del momento. Porque con ese gesto -el secretario general les vino a decir que era imprescindible para evitar un golpe militar que se cebaría particularmente en los comunistas- acababan de renunciar a su sueño. Que, idealmente, era el de repetir la entrada triunfal del general gaullista Leclerc al frente de sus tanques en el París liberado de los alemanes en 1945. Ellos querían ganar la batalla por la democracia y derrotar a la dictadura. No lo consiguieron justo cuando se creían más capaces de ello. Porque, desde la muerte del dictador, la fuerza de los comunistas no había dejado de crecer y su capacidad de movilización, en las calles, en las fábricas y en otros muchos sitios, impresionaba. No fue suficiente. Había otra España, plural y mayoritaria, que no estaba por esa aventura.

De la gloria de las huelgas de 1976 a la legalización, con la condición de renunciar a su proyecto rupturista y a la asunción de un papel secundario en la escena, Carrillo vivió los meses más intensos y peores de su vida política. Las elecciones del 15 de junio de 1977 confirmaron que su tiempo había pasado. Esa mañana, volviendo a la sede del partido en la madrileña calle de Castelló, dijo: «Algunos camaradas creen que vamos a sacar 100 escaños. Están locos. Eso sí, de 50 no bajamos». El PCE logró 21, menos de la cuarta parte que el PSOE.

Santiago, así se le llamaba entonces, tardó un tiempo en darse cuenta de lo que había ocurrido. Poco después tuvo la ensoñación de que los comunistas podían entrar en el Gobierno coligados con Suárez. También duró poco. Más tarde vino el desgajamiento interno del PCE, que le enfrentó con las nuevas generaciones de cuadros comunistas, con el partido «del interior». Él se negó a que el del exilio, el de sus camaradas de siempre, pagara el fracaso colectivo.

Y AHÍ, en ese tiempo, apareció sin tapujos el Carrillo estalinista, el de la Tercera Internacional, pero también el hombre solidario con su biografía y la de los suyos. Esa gente, y él a su cabeza, tenían a sus espaldas una trayectoria heroica, una gesta de décadas, una de las mayores desconocidas de la historia de España. Carrillo nunca renegó de ella. Es más, a pesar de los espantos que conllevó -alguno de ellos propiciado por el partido mismo-, la recordaba con orgullo. La consideraba más importante que lo que hizo en la transición. Al igual que su lucha por el socialismo antes de 1936 y su pelea hasta el último minuto en la guerra civil.

Era un rojo y no se avergonzaba de ello. Pero también era un hombre de una vitalidad extraordinaria. Decidió no jubilarse, seguir pensando y hablando hasta el último momento, aunque ya no mandara. Y lo hizo de forma omnímoda entre los suyos. Por eso tantos lo odiaban, y no solo en la derecha. Supo combinar sus dotes oratorias y su inteligencia pragmática para seguir haciéndose un sitio, pequeño, en la España democrática. Pero sin romper nunca con los sentimientos que tuvo desde joven.

Periodista.

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