El panorama del macizo del cabo de Creus, visto desde el monasterio de Sant Pere de Rodes y con el Port de la Selva a los pies, es de los que cortan el aliento. Y si ascendemos aún un poco más, hasta los 670 metros del Castell de Verdera, mejora, ya que desde el punto más alto de esta sierra se domina, además del macizo citado, el golfo de Roses y el llano del Empordà, con la sierra del Montgrí y las islas Medes al fondo, y una sucesión de montañas que se inicia en la sierra de la Albera y culmina en los Pirineos.
Información publicada en la página 309 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 23 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Cuenta una leyenda que el monasterio se construyó sobre un antiguo templo griego y otra indica que en el mismo lugar se levantaba un templo romano dedicado a Venus (de ahí vendría el nombre del cercano puerto de Port-Vendres, que habría sido anteriormente Port Venere). Son especulaciones, de todos modos, que la arqueología no ha podido confirmar.
Monjes fundadores
La fábula más extendida apunta, sin embargo, a que el monasterio fue fundado por unos monjes que habían zarpado de Roma y llevaban en su barco la cabeza y un brazo del apóstol San Pedro como reliquias. Al llegar a los Pirineos, una voz del cielo les conminó a que no fueran más lejos y a que construyeran allí mismo un templo. Los monjes, obedientes, clavaron unas cruces para delimitar aquella costa que desde entonces se conoce como cabo de Creus.
Pero dejemos de lado las leyendas para pasar a la historia. Del monasterio de Sant Pere de Rodes se tiene noticia escrita desde 878, aunque alcanzó su esplendor entre los siglos X y XIV, gracias a las donaciones de los condes de Empúries. En 979 el Papa Benedicto VII concedió una bula que otorgaba a los que no pudieran peregrinar a Roma idénticos beneficios si lo hacían a Sant Pere de Rodes; y en 1088, casi medio siglo antes que Santiago de Compostela, se autorizó al monasterio a celebrar el jubileo.
Fue en el siglo XV cuando se inició la decadencia del monasterio, que se acentuó con las guerras del siglo XVII, y todavía más a partir de 1798, cuando los clérigos abandonaron definitivamente la montaña para instalarse en Vila-Sacra. Durante tres siglos los soldados franceses y los bandidos saquearon Sant Pere de Rodes, llevándose objetos de culto, libros muy valiosos, obras de arte, muebles… y hasta capiteles, arcos y columnas.
La biblia que acabó en París
En varios museos catalanes se exponen piezas expoliadas de Sant Pere de Rodes. Basta visitar el Museu Nacional d'Art de Catalunya, el Museu Marés o el Museu de l'Empordà para comprobarlo. La pieza más importante, sin embargo, fue a parar a Francia, concretamente a la Biblioteca Nacional de París. Se trata de la Biblia de Sant Pere de Rodes, que empezó a escribirse en el scriptorium de Ripoll y se terminó muy probablemente en el mismo monasterio de Sant Pere. Se trata de uno de los manuscritos más importantes hechos en Catalunya y forma un conjunto de tres biblias, junto con la de Ripoll -que se encuentra actualmente en el Vaticano- y la de Foixà, de la que solo se conservan cinco páginas.
Parece ser que fue el duque de Noailles quien se llevó la biblia a París después de saquear el monasterio. Ahora, allí sólo quedan unas ruinas impresionantes que están siendo restauradas desde 1935, con demasiadas interrupciones, y una vista sobre una costa abrupta y privilegiada azotada a menudo por la tramontana.