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Moisès Broggi: «La vida es como ir en bicicleta: si te paras,te caes»

Lunes, 22 de febrero del 2010 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
ÀNGELS GALLARDO
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Fue un cirujano avanzado a su época, operó a heridos en el frente militar y conoció el vacío profesional que sufrieron los que no ganaron la guerra. La vida de Moisès Broggi (Barcelona, 1908) ha sido intensa, pero él se ha ocupado de enmarcarla siempre en una actitud humilde, culta, generosa y de fácil acceso. Así sigue siendo. Se muestra en paz, relajadamente feliz y tranquilo.

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Información publicada en la página 64 de la sección de Català de l'Any de la edición impresa del día 22 de febrero de 2010 VER ARCHIVO (.PDF)

–Desde que pasó de los 100 años no paran de hacerle homenajes.

–Bueno, estoy acabando la vida y me hace ilusión que se piense en mí.

–¿En qué nota el paso de los años?

–Con la edad, la mente me ha ido creciendo y el cuerpo menguando. Cada vez tengo más memorias acumuladas, pero el cuerpo se defiende peor. Va disminuyendo la fuerza muscular, la vista, el oído... al final no quedará nada de mí. Estoy seguro de que ahora un resfriado me tumba, pero mi tejido nervioso y mi cerebro van mejorando, por la interrelación que hago de las cosas pasadas.

–¿Así se conserva el cerebro?

–Se conserva pensando. Sin parar. A mí me interesan las cosas. Estoy convencido de que si me sentara en una silla sin hacer nada interesante, me quedaría allí para siempre. La vida es como ir en bicicleta: si te paras, te caes. Si no leyera y escribiera a diario, si no tuviera ilusión y pensara en hacer esto y lo otro, me apagaría. La ilusión se regenera con el esfuerzo.

–Tiene un siglo entero en su mente.

–Un siglo. Muchos cambios. Cumpliré 102 años en abril. A principios del siglo XX, el mundo tenía 1.000 millones de habitantes; ahora somos 6.000 millones. Hay más gente y la desigualdad cada vez es mayor. Los lugares con más población son los que tienen más miseria. Eso crea violencia. Recuerdo todo esto cada día.

–¿Tiene un método para recordar?

–Evocando. Pienso en una cosa del pasado que tengo guardada, y me vuelven los recuerdos relacionados. Por asociación. Un hecho arrastra a otro. Y muchas cosas se repiten.

–Se repiten.

–Sí. La humanidad no se arregla. Sigue haciendo lo mismo de siempre: los poderosos dominan a los que no lo son. Y los explotan. El egoísmo gana al altruismo, y es la fuente de todos los problemas. Es fatal.

–¿Qué actitud es imprescindible para vivir en paz con uno mismo?

–Respetar a los demás. Yo he vivido momentos felices y momentos desgraciados. Quien vive de diversión en diversión se equivoca. Hemos de pasar desgracias para poder entender las de los demás. Si no, no puedes tener compasión ni ponerte en el lugar de quien sufre. Hay un dicho egipcio antiguo que dice que las penas son la mejor preparación para la muerte. Y hay que estar preparado.

–¿Se considera preparado?

–Sí. Es lo que ahora me toca. La muerte es un misterio, igual que la vida. Soy consciente de que tengo más de 100 años, pero eso no es nada. La vida es cortísima. Incluso las cosas que más te ilusionan, la riqueza y el poder, acaban enseguida. Al final, solo te queda lo que eres.

–Usted es médico.

–Cirujano general. Acabé la carrera a los 23 años. A los 28 fui uno de los fundadores del servicio de urgencias del Hospital Clínic y cuando vinieron las Brigadas Internacionales trabajé con ellos. Me fue muy bien, porque vi las desgracias de la guerra. Gente joven que moría. Trabajé en Francia y en Gran Bretaña, aprendí técnicas nuevas. Tuve suerte.

–Eso le supuso el veto para ejercer en la Seguridad Social española.

–Sí, porque había que certificar que era adicto al glorioso Movimiento, y no podía. Tenía muy buen expediente.

–Y entonces fue el médico personal de muchas familias catalanas: los Trias, los Maragall, los Pujol...

–Sí. Al acabar la guerra, como yo era de los que habían perdido, me echaron de los hospitales y de las universidades. Esas familias, en cambio, confiaban en médicos como yo.

–¿Se considera religioso?

–Sí. Yo creo en lo desconocido. El mundo no se entiende sin un espíritu universal, sin la religión. ¿Cómo se explica que los astros viajen siempre alrededor del sol, con una regularidad fantástica, sin una fuerza que lo ordene todo? Es imposible.

–Usted es un científico.

–Sí, pero la ciencia no lo explica todo. La ciencia entiende lo material, lo que se puede medir, pero no pasa de ahí. No explica qué es lo que anima a la materia. Nosotros, por ejemplo, estamos supeditados a un ritmo vital: pasamos de la infancia a la juventud, a la vejez, a la muerte... Todo está planificado, pero no sabemos por qué ni cómo. Eso que no explica la ciencia es la religión. Incluida la idea del infinito.

–¿Qué diría que es el infinito?

–Es imposible explicar las cosas sin el infinito. El infinito no se puede demostrar, pero tampoco se puede demostrar que no exista el infinito. No todo lo que no se puede demostrar significa que no existe.

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