J. Mª. Fonalleras
Pra los habitantes de aquel pueblo que desapareció y renació gracias al colosal Camino de sirga, lento y mitológico, con el que Jesús Moncada emprendió el viaje del recuerdo, los ríos (Ebro y Segre, en su confluencia ) son la vida. Ríos que vigorizan y ríos como estatuas, impávidos y sin piedad. En Mequinensa, la obra de teatro que Xicu Masó estrena el jueves en el Nacional, se explica la historia de un partido de fútbol en un campo junto al Segre. El equipo de Mequinenza empieza perdiendo contra unos aragoneses de secano, desconocedores del caudal, del misterio y el empuje fluviales. De repente, el río se eleva, robusto, e inunda con suavidad el terreno de juego. Los rivales se asustan y el equipo local, acostumbrado a las crecidas, aprovecha la ayuda de la naturaleza para vencer. Una victoria que no se repetirá años después, cuando el viejo Nelson, «aturdido por el pesado silencio», solo, inerme ante la destrucción del mundo, último habitante de la Mequinenza (a)negada, aún sueña con una revuelta conjunta de las aguas que haga posible el milagro de ver cómo las máquinas se deshacen río abajo.
Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 08 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
No se lo pierdan. Es un montaje plácido y profundo, un estallido de fonética, léxico y literatura. El fantasma de Arquímedes Quintana vuelve a gobernar las aguas y asistimos a un banquete exquisito en el reino de los muertos, calaveras atónitas que aún caminan por las calles de la estremecida memoria.