Un amigo me comenta: «Yo tampoco meriendo. ¿Qué problema hay, pues, en que ahora los presos no tengan merienda?» Es cierto. El mundo no se hundirá porque un acusado de robo o de homicidio no tenga, a media tarde, una pieza de bollería o un bocadillo con un poco de salami encartonado. Del mismo modo, quiero pensar, que el mundo (nuestro mundo) no saldrá de la crisis después de haber aplicado una medida tan radical y tan revolucionaria. ¿Quién iba a calcular que la caída de Lehman Brothers en Wall Street acabaría desembocando en una restricción alimenticia en la Modelo? Los efectos del vuelo de la mariposa son muy difíciles de predecir, inesperados y sorprendentes, y ahora aterrizan sobre el dónut de la cárcel.
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 06 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
De acuerdo: no es tan grave. El Departament de Justícia quiso recortar gastos y propuso a los distribuidores de comida una reducción de la factura que no incidiera en la cantidad y la calidad del producto. Ecuación irresoluble. Si pagas menos, tienes menos bocadillos, como queda demostrado. ¿Tan importante era una merienda entre rejas? ¡Por supuesto que no! Era una frivolidad, un lujo más entre los lujos asiáticos de que disfrutan. No nos preocupamos. Los presos ya encontrarán otra manera de pasar el tiempo eterno, sólido, pesado, en medio de la mugre y el desencanto. Y, si no, que hagan una lectura comentada del Evangelio: «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber».