Josep Maria Espinàs
Periodista y escritor
Unos cuantos días de sol seguidos me han hecho pensar en los ciudadanos que esperan el verano para conseguir que la piel se les ponga morena. Ahora la influencia solar ya empieza a ser notable. Pero no hay nada como julio y agosto para que la piel se caliente lo suficiente y cambie de color. El color de la piel de cada uno es un pequeño misterio, aunque los médicos, y especialmente los dermatólogos, puedan explicar perfectamente las causas de la morenez o la palidez. Y su función, que es la de proteger el cuerpo ante factores externos, además de regular la temperatura y eliminar las secreciones. El hecho es que hay personas que tienen una piel más bien clara, y otras, una piel que tiende a ser siempre -prescindiendo del efecto solar- coloreada con diversos matices, del rosado al marrón. Hablo, claro está, de la llamada raza blanca, que por cierto no tiene la piel de color blanco, como la raza negra no es exactamente negra. Todos los tipos de piel presentan variantes de matiz. En este momento del año, siempre me pregunto por qué tantas personas esperan con ilusión la llegada del momento en que podrán cambiar el color de su piel. Las damas barcelonesas de otros tiempos se acercaban a la playa vestidas de blanco hasta los pies y se cubrían la cabeza con pamelas de ala ancha. Ni se mojaban los pies ni tomaban el sol. Regresaban a la torre de veraneo tras una tímida aproximación a la arena. Naturalmente, había raras excepciones: chicas con honestos trajes de baño que practicaban el atrevido deporte de nadar. En aquellos años ya habían aparecido las doctrinas de la salud que proponían el contacto con el sol y con el aire. Pero no existía la estética de la piel tostada. El blanco era señal de distinción. Años antes, la moda de la blancura era aún más severa, y si la piel no era suficientemente clara se polvorizaba de blanco. La palidez artificial. Curioso fenómeno, el de la piel. En estado natural, no hay dos iguales. Nadie tiene la piel verde, claro, si no se trata de un signo patológico. Porque así como existen todos los matices del verde -como cantaba Raimon evocando al País Vasco- la piel humana tiene todos los matices del moreno facial. Desde una discretísima coloración rosada hasta una compacta superficie color tabaco. El artificio no tiene nada que ver. Cada uno tiene su piel.
Información publicada en la página 12 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 09 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Pero la mayor calidad de la piel, su fuerza comunicativa, no es el color, sino el tacto. El tacto es un sentido. Un sentido que no es útil, solo. Es el sentido que nos conecta con la ternura.