Gemma Tramullas
Periodista
Quedarse sin trabajo es algo más que dejar de ingresar un dinero. En una sociedad donde solo se valora (es decir, se recompensa con dinero) la productividad, perder el trabajo es dejar de participar en el mundo, es volverse invisible. Y si eres una mujer de 50 años sin estudios, ya te puedes ir despidiendo de volver al ruedo. María, sin embargo, volvió.
Información publicada en la página 72 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 19 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
-Fui vaga para estudiar y me puse a trabajar en el despacho de la empresa de reparación de motores industriales que habían fundado mis abuelos en el Poblenou. Pero en 1986 todo se fue al traste. Fue un cierre dramático que supuso una ruptura conmigo misma. En el barrio no tienen ni idea de hasta qué punto toqué fondo.
-¿Podría explicarlo ahora?
-Acepté mal no ser productiva, me hundí. Me sentía tan fracasada que me agarré a mi casa como si me fuera la vida: a las siete de la mañana ya la tenía patas arriba para dejarla reluciente. Pero por mucho que fregara, nunca estaba satisfecha. Por circunstancias familiares, me dediqué a cuidar a mis sobrinos y a mi padre. Estaba más pendiente de los demás que de mí misma.
-Típico de las madres.
-Acabé encerrada en casa, llorando y comiendo, de día y de noche. Llegué a pesar 100 kilos. Tenía 50 años y no sabía si iba a poder comer mañana. Tenía que volver a empezar, pero ¿cómo volver empezar a los 50 años y sin estudios?
-¿Cómo?
-Me puse a cuidar a una persona mayor. Cuando llegué al hospital el primer día y lo vi postrado en la cama… Tenía cáncer y yo no sabía por dónde empezar. Pero, aunque éramos muy distintos, se creó un vínculo muy especial. Él al principio no hablaba, pero empezó a hablar más, se esforzaba por caminar, disfrutaba bajando a toda pastilla con la silla de ruedas por las rampas del hospital…
-¡Como en la película Intocable!
-No he sido capaz de ir a verla, porque este vínculo a mí me salvó la vida: yo le ayudé a él y él me ayudó a mí a darme cuenta de que los sentimientos son mucho más importantes que lo que tienes o dejas de tener.
-A eso le llaman hacer una lectura positiva de una crisis.
-Hace años que pasé de comer serrano del bueno a conformarme con unas patatas hervidas y, si antes vestía trajes chaqueta de marca, ahora llevo pantalones del C&A. No es ningún drama. Todas estas cosas no me hacen falta para vivir.
-¿Qué le parece esencial para vivir?
-¿Yo? Levantarme con ilusión. Cuando amas, tienes ilusión. No hay nada que motive más en la vida que un hijo. No quería que él llegara a casa y me encontrara destrozada para destrozarlo yo a él, no hubiera sido justo. Mis amigos también me ayudaron mucho a levantarme. Fui con una amiga a la Fundació Surt y allí me ayudaron a creer en mis cualidades como relaciones públicas en un momento en que yo sentía que no valía absolutamente para nada.
-Pero las empresas valoran más los títulos, la juventud y la rapidez.
-A mi edad parece que tengas que estar continuamente demostrando que no estás yaya. Sé que soy lenta, pero no porque tenga 55 años sino porque siempre he sido así. En Turris confiaron en mí. Me dijeron: «No nos interesa si eres rápida, sino tu carácter y tu empatía».
-Mire, de eso no reparten títulos universitarios.
-Nos hemos olvidado de los sentimientos. A veces veo situaciones que me asustan: un niño pide un cruasán y como no hay se desespera y los padres se enfadan: «¡Cómo es posible que no haya cruasanes!». No te puedes enfadar por un cruasán.
-¿Ya puede volver a pasar la fregona sin rabia?
-Sí, porque la paso solo cuando tengo ganas. Ahora me levanto por la mañana y me duele todo, porque trabajo muchas horas de pie, pero noto como una paz interior, como si hubiera entrado otra vez en el mundo: gano mi dinero, me siento participativa en casa y noto que me relaciono de otra manera con mi hijo, con los amigos y con la sociedad.