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El desahogo frente a la playa

El mar

Quiero pensar que la sal del Mediterráneo que lame las penas de nuestras mujeres proviene de sus lágrimas

Martes, 31 de julio del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Antonio Sitges-Serra

Vivo cerca del mar. Quiero decir: más cerca del mar que la mayoría de mis conciudadanos barceloneses. Caminando indolentemente, la Rambla del Poblenou me deja, en poco más de 10 minutos, en la playa del Bogatell. Paseo a menudo a lo largo de la playa, desde los cañaverales que esconden la playa nudista hasta la torre Mapfre. Y observo: los niños juguetones, el ciclista raudo que ha confundido el paseo con el velódromo de Horta, los guiris hartándose de paella, los senos desnudos color de miel. Y la chica que llora. Casi nunca falta una mujer, una muchacha que, sentada en alguno de los duros bancos de cemento que se ofrecen al mar, llora quedamente: los ojos enrojecidos, un pañuelo en la mano, a veces murmurando un lamento junto al móvil.

MARÍA TITOS

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Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 31 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

QUIERO PENSAR que alguna sal de ese Mediterráneo que lame las penas de nuestras mujeres, proviene de sus lágrimas, de los llantos silenciosos que han depositado sobre la arena las muchachas del dolor sucesivo que nunca faltan en nuestras playas. A las mujeres, llorar junto al mar, les va. Ya de por si la mujer llora de manera fisiológica para aliviar sus tensiones, algo infinitamente más humano y sensible que ir al psiquiatra o atiborrarse de fluoxetina. Y, dada la constancia con la que las veo llorar frente a las arenas del Bogatell o de Icària, pienso que la cercanía del mar invita al desahogo y alivia en algo los malos sentimientos de los que brotan las lágrimas.

Claudia, una belleza pelirroja y pecosa, lloraba el desenlace súbito de un largo noviazgo. ¿Quién puede plantar a una muchacha así?, me pregunté. La mirada olvidada sobre el horizonte. En la mano unos pañuelos de celulosa empapados. Le dije que si ya no la quería no era merecedor de lágrimas tan bellas; que pronto alguien más sensato la tomaría de la mano y la invitaría a tomar una horchata. Conseguí una sonrisa.

Adela lloraba el despecho de sus hijos tras una separación traumática sin culpables, como suele ser. Le hablé de la ingratitud filial, de la naturaleza córvida de nuestros vástagos y otros educandos, tan acertadamente recogida en nuestro refranero. Le menté lo difícil que le resulta al orgullo juvenil perdonar y me extendí sobre esa fase de autoafirmación que sigue a la adolescencia -ahora tan dilatada- en la que los hijos confunden la independencia con el desapego y la ingratitud. Luego, a veces demasiado tarde, acaban reconociendo el error. Algún consuelo halló en mis palabras. Creo. Una variación de este tema me la ofreció Marta que lloraba porque su ex había muerto repentinamente dejando atrás dos hijos en común que tras la separación nunca más dirigieron la palabra a su padre. Se sentía culpable por haber atizado la hostilidad de sus hijos. A ciertas edades, es lo más fácil del mundo. Le dije que su caso era difícil porque la muerte no tiene vuelta atrás. Empeoré su desgarro.

Margarita lloraba el atropello del que fue víctima por parte de un alto cargo de un organismo público. Licenciada en Historia y con dos idiomas a sus espaldas, había sido literalmente deportada desde una posición de alta responsabilidad y elevado perfil, a correturnos. Todo por no reírle las gracias a su jefe y, específicamente, por no querer pasar por los diversos tubos que el sinvergüenza le ofreció y sobre los que no me extenderé por no parecer exagerado. Le dije que, desafortunadamente, su caso no era ninguna excepción y que las administrativas de los organismo públicos suelen ser el estamento más maltratado y peor reconocido. Le dije que, al menos, había conservado su puesto de trabajo y que en los tiempos que corren eso no es un bien menor. Me besó en la mejilla.

A Gabriela se le había roto una de las tetas de silicona que sus padres le regalaron al aprobar con buena nota la selectividad cuatro años antes. Le sugerían que debía volver a pasar por quirófano. Carmen no pudo conseguir la calificación para las Olimpiadas de Londres por una décima de segundo. Ana había tirado al mar las cenizas de su padre y acudía de vez en cuando al Bogatell a llorarlo.

SIEMPRE ME ha emocionado hasta lo más hondo, el llanto femenino. En mi adolescencia compuse una canción, sobre cuánta tristeza guardan, cuánta belleza ocultan las lágrimas de las muchachas. Creo que si la hubiera escuchado Julio Iglesias no le hubiera hecho un feo. Letra y música se acoplan bien a su estilo dulzón y seductor.

Hace unos años el que lloraba era yo, y en una servilleta de bar, acompañado por un amanecer soberbio, garabateé unos versos que leídos en la distancia argumentan acerca de las ventajas emocionales de llorar junto al mar: Vora mar/les penes són més lleus/perquè tots els dolors minven/quan el sol tenyeix el cel de rosa/i el núvols et recorden/les ombres brunes/de la pell perfecta/que tant has estimat.

Como escribió Serrat, el Mediterráneo s el llanto eterno que han vertido en ti cien pueblos de Algeciras a Estambul. Pero sobre todo, el llanto que han vertido las muchachas rotas que nunca faltan en alguno de los bancos que bordean nuestras playas. Desde aquí unas palabras de ánimo y consuelo.

Catedrático de Cirugía (UAB).

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