El proyecto de Eurovegas no se hará en Catalunya. Si se hace en otro lugar ya se verá, pero los terrenos del Baix Llobregat no serán ocupados por este proyecto. Su construcción habría destruido una de las mejores zonas agrícolas del país. Puede que sea una utopía aprovechar la ocasión para plantear alternativas al uso del territorio o a la forma en que enfocamos nuestra producción de alimentos. Por definición, una utopía es el producto de un sueño. Como lo puede ser tener unos tomates perfectos.
Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 29 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Cuando hablamos de las nuevas tecnologías aplicadas a la agricultura, la primera pregunta que nos formulan es por qué los tomates no tienen el sabor que tenían. La respuesta es necesariamente larga. El tomate es producto de la acción de los humanos sobre una especie que se encontraba en el altiplano andino y que los europeos trajeron de México. Costó que los europeos adoptasen este fruto sabroso que progresivamente fuimos adaptando a nuestros gustos. Hoy es el producto hortícola con mayor valor económico y cuya genética conocemos mejor. Podríamos decir que con ellos podemos hacer lo que queremos. Si lo hemos convertido en un producto criticado es en parte porque debemos cultivarlo lejos del lugar donde lo consumimos.
Si hubiera venido a Catalunya, Eurovegas se tenía que construir en el Baix Llobregat, en terrenos que están mayoritariamente dedicados a usos agrícolas. Es probable que sean de los mejores terrenos agrícolas de Catalunya, y están a menos de cinco kilómetros de Mercabarna. Se pueden cultivar en ellos productos frescos con un rendimiento y un valor muy aceptables. La construcción de Eurovegas hubiera acabado con estas tierras. Algunos dirán que no se pueden comparar con los puestos de trabajo que se podrían crear con los casinos y hoteles, y en parte tienen razón.
Pero también tienen razón los que dicen que hay tomates con menos sabor que antes, pero no toda. Primero deberíamos ir al mercado. En estos momentos de finales de verano encontramos fácilmente una decena de variedades de tomates. Y todos ellos son productos tecnológicos avanzados. En unos casos se han buscado variedades muy productivas y que se conserven para facilitar su transporte; en otros se han buscado variedades adaptadas a la producción de pasta y salsas, porque el 70% del tomate tiene este destino. Y también tenemos variedades para untar pan, para ensalada, etcétera; y con precios muy diversos. Los de temporada pueden acercarse a 10 euros el kilo, pero los hay por menos de un euro que son un excelente producto en estos momentos de crisis. Está claro que no todos tienen el mismo aroma ni textura, pero la mayoría de sus propiedades nutricionales son similares y todos deben ser igual de seguros y sanos.
Vivimos en un mundo en el que la mayoría de la gente vive en ciudades cada vez más grandes. Tenemos que ir pensando en ahorrar energía, agua y otros muchos recursos. Y debemos tratar de comer de la forma más equilibrada posible. En este contexto, destruir buenas tierras parece un error, y si están cerca de una gran ciudad aún más. Pero quienes las trabajan deben ganarse la vida de manera comparable a sus vecinos que trabajan en la industria o los servicios. Por ello deben coexistir diferentes maneras de producir la comida. Puede haber una comida de proximidad especializada y es necesaria una producción intensiva que responda a las necesidades generales.
Ahora que sabemos que Eurovegas no viene, podríamos aprovechar para dar valor a los productos del Baix Llobregat. Hay regulaciones que permiten definir marcas de productos de alta calidad, de origen controlado y que pueden basarse en variedades tradicionales, que a menudo no tendrán más de cien años. Porque la tradición se crea, se destruye y se transforma, y para protegerla se necesita mucha tecnología. Así lo hemos hecho con los vinos y lo han hecho otros países con muchos productos. La proximidad de buenas tierras a Barcelona, la Costa Brava o Tarragona, y sin duda la de los llanos de Lleida, es un tesoro que hay que conservar. Es posible que la producción agrícola no pueda competir con casinos y hoteles, pero la industria agroalimentaria es la primera industria catalana, española y europea, y la que ocupa más mano de obra.
En Catalunya hay un campesinado informado, viveristas y empresas de semillas, escuelas de agricultura y centros de investigación de calidad que pueden desarrollar las tecnologías necesarias y una gastronomía y una industria turística que pueden ayudar a valorizar estos productos, ya sean tomates, alcachofas o fresas. Y todos juntos podemos dejar a las generaciones que vienen un territorio integrado con todo lo que necesitamos, como es una producción de frutas y verduras sanas y sabrosas. Director del Centro de Investigación
Agrigenómica (CSIC-IRTA-UAB)