El domingo se manifestaron cientos de miles de personas en las calles en contra de la reforma laboral. Y millones no lo hicieron. Sería inabarcable desnudar los motivos de todas las ausencias, pero sí hay dos colectivos -en muchos casos coincidentes- que no se sintieron concernidos por la cita. Había jóvenes. Había indignados. Pero pocos. Y ni de lejos generaron el ruido ni reclamaron el protagonismo que tuvieron en otros momentos -como los días previos a varias convocatorias electorales- en los que el 15-M pobló las plazas. Citas que se saldaron con el triunfo de la derecha, en gran parte gracias a la generalizada desmovilización del votante de izquierda. Con una insoportable tasa de un 48,7% de paro juvenil, es fácil comprender que los jóvenes se sientan poco inclinados a defender unos derechos que les son vetados. También es posible que los indignados, del mismo modo que dicen no sentirse representados por los partidos, tampoco quieran involucrarse en marchas organizadas por sindicatos. Pero la ausencia de unos y otros en una manifestación que clama contra una reforma que solo va a generar más paro y más parálisis a corto plazo, debería inquietar a todos. A los partidos de izquierda por su escaso calado en ambos colectivos. Y a la derecha por el peligro que entraña para la paz social la insatisfacción, la decepción y la rabia sin el dique de contención de los sindicatos.
Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 21 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)