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Ramón Lobo

NÓMADAS Y VIAJANTES

Ramón Lobo

Periodista

Los adjetivos no dejan ver el bosque

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Domingo, 26 de mayo del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto

La exageración dramática y las alertas antiterroristas no incrementan la seguridad. Es solo teatro; parecer que se hace algo desvía la atención, permite ganar tiempo, cubre las apariencias de unas autoridades desconcertadas, calma a las opiniones públicas pero, en el fondo, es una muestra de debilidad. El abuso de los adjetivos potencia la inmunidad emocional de quienes los escuchan. Todo lo que no sea un complot islamista con la rúbrica de Al Qaeda parece una minucia, segunda división.

Debajo de los grandes titulares se extiende un problema estructural, grave. En las sociedades mixtas como las nuestras, donde conviven diferentes culturas, idiomas y religiones, crece la marginación alimentada por la crisis económica. La segunda y la tercera generación no se sienten europeos, tampoco del país de sus padres o abuelos; están en tierra de nadie. El desarraigo, la pobreza y el odio unido al fanatismo crean un asesino potencial. No es posible combatir a los lobos solitarios. Sucedió en Boston con los hermanos de origen checheno Dzhojar y Tamerlan Tsarnaev; sucede en Londres.

No ayuda la precipitación de las autoridades, las publicitadas reuniones de emergencia en las que parece más importante que se sepa que están reunidos que analizar la cuestión de fondo. Se multiplican las declaraciones vacuas, la retórica patriótica como la del primer ministro británico, David Cameron, que amenazó con represalias. ¿Contra quién? ¿Nigeria? El secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, se llenó de calificativos, como si tuvieran la medida exacta de la indignación: «bárbaro», «horrendo»; de nuevo los adjetivos, como si ellos bastaran para cambiar la realidad.

El alcalde de Londres, Boris Johnson, es un adicto al autobombo. Corre donde ve una cámara para hacer su declaración. Esta semana ha insistido en hablar de terrorismo, en recordar la experiencia de los londinenses tras los atentados del 7 de julio del 2005. Aquellos ataques tenían poco en común, solo que los autores eran ciudadanos británicos, hijos de padres inmigrantes, radicalizados en el Reino Unido.

Los medios de comunicación entran en la misma espiral que los políticos a los que deberían vigilar. Los casi siempre sensatos periodistas británicos, educados en la comprobación exhaustiva (los hechos son sagrados, las opiniones libres), se lanzaron a la especulación. Es el problema de las emisiones de televisión de 24 horas: demasiado tiempo que rellenar.

Seymour Hersh, uno de los periodistas más grandes del siglo XX, tiene un consejo para sus compañeros de oficio: sed prudentes, tened paciencia. «Se puede hacer mucho daño en un texto de 700 palabras». El escritor Gabriel García Márquez esbozó otro hace años: «Primicia es el primero que lo cuenta bien». Ambos deberían ser ley.

La algarabía de palabras y sirenas, el despliegue policial postmorten trata de tapar miserias, que los presuntos asesinos del soldado estuvieran fichados por la policía, en una lista de personas extremistas potencialmente peligrosas. El problema policial es similar al periodístico: trabajan con hechos, no con suposiciones. ¿Cuándo se sabe que una persona potencialmente peligrosa debe ser detenida? Si se imponen los criterios de seguridad por encima del Estado de derecho estaríamos multiplicando Guantánamo.

El origen nigeriano de los atacantes -ambos nacieron en el Reino Unido- conecta en el imaginario con el grupo Boko Haram, autor de atentados y masacres en Nigeria y al que se vincula a la red de Al Qaeda sin que haya pruebas para sostener la afirmación. Al Qaeda es una franquicia, un título que se apropian para darse credibilidad, bombo. En el mundo de los asesinos, la credibilidad genera donaciones de las manos que mecen las cunas.

Método inusual

El método elegido para el ataque es inusual. El único precedente podría ser Irak, cuando la insurgencia intensificó en el 2004 los secuestros y los degollamientos de sus víctimas a las que grababan con una cámara. Uno de los asesinos de Londres tenía las manos con sangre. Hablaba con calma a la cámara de un móvil. No parecía bajo los efectos de alcohol ni de drogas. Solo era fanatismo, una mezcla aún más peligrosa.

El soldado muerto, Drummer Lee Rigby, tenía 25 años, había servido en Afganistán. Ahora es una víctima más de una guerra con demasiadas víctimas, la mayoría anónimas, que no tienen derecho a un nombre ni a una noticia. Ataques como los de Londres y Boston dejan una sensación de fragilidad entre los occidentales que viven una vida aparte, privilegiada pese a la crisis, sin preguntarse nunca por la fragilidad real de otra parte del planeta, la que padece la guerra, la enfermedad y el hambre extremo. Vivimos en un mundo injusto. También lo fue para Lee Rigby, quien mereció mejor suerte.

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