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Gente corriente

'Psicóloga posmortem'. Entró de telefonista en Sancho de Ávila y fue de las primeras en oficiar ceremonias laicas.

Laura Sebastià: «Si escuchas con atención, te pones en la piel del otro»

Sábado, 22 de septiembre del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Gemma Tramullas Periodista

Entramos en uno de los velatorios del tanatorio de Sancho de Ávila. Al fondo de la sala vacía, una puerta da al túmulo, donde yace un difunto.

DANNY CAMINAL

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Información publicada en la página 76 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 22 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

-Me resulta algo embarazoso hablar aquí, ¿a usted no?

-No, lo veo cada día desde hace 21 años. Yo misma me sorprendo a veces mirando a una persona difunta con tanta familiaridad, pero siempre desde el máximo respeto.

-¿Cuándo vio su primer muerto?

-No soy de familia funeraria. Entré como telefonista en Sancho de Ávila en 1990 y antes de eso no había visto un cuerpo en mi vida. Me limitaba a atender las llamadas de personas que habían tenido una defunción, hasta que la dirección consideró que, por mi forma de ser, podía atender directamente a las familias.

-¿Qué forma de ser es esa?

-Siempre me ha gustado escuchar a la gente, sobre todo a las personas mayores; siento mucha empatía, respeto y cariño hacia ellas. Desde el comedor de mi casa veo un centro de día y una residencia y a menudo entro a hablar con los ancianos. Han vivido tanto y están tan solos... Escucharles es lo que más me llena. Nunca me hubiera imaginado que disfrutaría tanto con mi trabajo.

-Lleva con usted un libro del filósofo Krishnamurti.

-Me gusta su humildad, su sencillez y la idea que transmite de que, básicamente, lo que queda de una persona es lo que ofreces en vida, lo que importa son las relaciones humanas. Si escuchas con atención, puedes llegar a ponerte en la piel del otro, a participar en su realidad, y eso es lo que intento hacer.

-Ustedes los ceremoniales se meten tanto en la piel del otro que a veces les toman por un miembro de la familia.

-Esa es la máxima gratificación que podemos tener. Nosotros somos portavoces de la familia. Nuestra misión es transmitir durante la ceremonia todos los sentimientos que la familia nos ha expresado con palabras, con gestos y con miradas; dibujar la trayectoria vital de aquella persona, sus relaciones, sus anécdotas. Es un apoyo a los que han perdido a alguien para que no se queden con ese momento de dolor sino con el mejor recuerdo de la persona amada.

-Son como psicólogos posmortem, pero sin título.

-Algo así. Escuchar estos testimonios es sobrecogedor, pero hay una parte que reconforta mucho, y es poder ayudar en un momento muy crítico. La gente necesita ser escuchada, que sepan que no están solos. A veces basta con estar cerca, sin hablar. Nuestra función es dar un trato exquisito a las familias y ofrecer ceremonias personalizadas, y para ello usamos la empatía y la intuición.

-Y un bloc de notas, por lo que veo.

-Siempre lo llevo encima.

-Hasta hace poco, este tipo de ceremonias eran más bien anecdóticas.

-Cuando yo entré, en 1990, se hacían algunas en el tanatorio de Coll-

serola, pero solo de forma esporádica. En el 2011 el Grupo Mémora celebró 1.300 ceremonias laicas, el 10,8% del total de Barcelona. La sociedad lo pide cada vez más y hemos creado escuela.

-¿Recuerda su primera ceremonia?

-No la olvidaré nunca. Era una persona muy joven que había fallecido en un alud; había tanta gente que dejaron las puertas del oratorio abiertas. Me temblaba todo. Salí a hablar y todo el mundo se puso en pie. Entonces vi a un compañero sentado entre el público que hacía gestos con las manos hacia abajo. Yo interpreté que tenía que bajar la voz. La gente hacía gestos de no oír, pero yo cada vez bajaba más la voz. Hasta que mi compañero, de forma muy natural, dijo: «Siéntense, por favor». ¡Ni siquiera me había dado cuenta de que estaban de pie!

-Después de tantos años, ¿está inmunizada cara a la muerte?

-Al tenerla tan cerca soy muy consciente de que no sé si mañana estaré aquí, y con lo poco que tengo y lo poco que vivo disfruto mucho. Puede sonar un poco cursi, pero siempre les digo a los míos lo importantes que son para mí y cómo los quiero. ¡Cuántas veces he oído decir a las familias que ojalá hubieran dicho más veces «te quiero»!

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