Najat El Hachmi
Escriptora
Los Juegos Olímpicos permiten que cada cuatro años seamos espectadores de la búsqueda de los límites humanos a través de las distintas disciplinas que nos hemos inventado para ponernos a prueba. Los cuerpos entrenados durante años se reúnen para demostrar hasta dónde se puede llegar y que los condicionantes inherentes a la especie pueden ser superados. Esta competición se supone que debe darse en un ambiente de cordialidad, juego limpio, buenas prácticas y concordia entre todas las naciones del mundo. Pero solo con que sigamos de rebote los diferentes encuentros veremos que el espíritu olímpico más bien escasea y que las actitudes contrarias al discurso oficial son frecuentes.
Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 07 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Por ejemplo, que la ceremonia inaugural fuera un impúdico ejercicio de propaganda nacionalista encaminada a recordar al mundo todas las aportaciones de los británicos, que algunos comentaristas de televisión hicieran mofa de los nombres impronunciables de algunos países, de su tamaño o de la indumentaria de sus atletas. Que las diferentes retransmisiones estén plagadas de frases de desprecio hacia los rivales, que siempre que «los nuestros» pierden es por mala suerte y cuando ganan es porque son mejores. Que se defienda la fraternidad y el entendimiento entre los pueblos pero no se admita a una judoca saudí con pañuelo pese al esfuerzo extraordinario que le habrá supuesto llegar a Londres siendo como es la primera mujer de este país que participa en unos Juegos. Que el público pida que se eche a los leones a los perdedores, los que han caído del pedestal. Y si no es a los leones, peor aún, que sean condenados al olvido.
Lo importante es competir y participar, nos dicen mientras relegan a los vencidos a la parte oscura del escenario. Sería de ingenuos pedir que se premiasen el esfuerzo, el trabajo y la perseverancia y se reconociera que el olimpismo es un hito de la humanidad y no de individuos concretos que por unos instantes ridículamente breves han superado a sus compañeros.