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Karl Clodius: «Deberíamos cambiar el chip respecto al paro»

Viernes, 31 de agosto del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
OLGA MERINO

Antes de recalar aquí, Karl Clodius (Morne-Rouge, Martinica, 1973) vivió en Venezuela, Inglaterra y Etiopía, donde conoció a su compañera, Rahel. Ambos abrieron hace seis años el restaurante Abissínia (Torrent de les Flors, 55).

ÁLVARO MONGE

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Información publicada en la página 64 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 31 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

—Desde niño me interesaron las plantas, las gemas, la imposición de manos… Ver al ser humano no solo como un cuerpo, sino como un ente holístico, completo: con sus partes energética, física, mental y emocional, que no pueden disociarse. Tengo un blog (holystickhealing) donde cuelgo mis reflexiones.

—¿Es usted un alma nómada?

—Puede ser. Cada país donde he vivido me ha supuesto una enseñanza, con algunas experiencias gratas y otras menos. Siempre he intentado adaptarme. Si escogí este lugar, me esforzaré para que mi entorno resulte lo más agradable y sano posible. Aquí hemos vivido de todo, puertas abiertas y puertas cerradas.

—¿Imprime carácter ser caribeño?

—Seguro, porque permanecí en la isla hasta los 18 años y mi cultura es creole. La población caribeña es un mestizaje, de los africanos llevados a las plantaciones, de los hindús, de los diferentes colonizadores: españoles, franceses, ingleses, portugueses, ingleses…

—¿Ha investigado sus raíces?

—Mi padre nació en la India y mi madre es de descendencia yoruba, etnia que procede de Nigeria.

—Alguno de sus ancestros debió de ser esclavo. ¿Ese pasado le duele?

—Cuando era más joven sí, por rebeldía. Pero con el tiempo he comprendido que, en lugar de sentir tristeza o dolor, prefiero convertir ese pasado dramático y lleno de sangre en algo positivo: mi potente herencia africana. Mi abuelo conservaba fuertes raíces yorubas, de su cosmovisión y su medicina natural.

—Su paisano Aimé Césaire, padre de la negritud, dijo: «Soy de la raza de los oprimidos». ¿Se identifica?

—Es difícil que yo pueda identificarme con una raza, porque, como digo, soy una mezcla. Sí que siento que mi cultura es africana, y las culturas no pueden oprimirse ni borrarse. Además, todos compartimos un mismo sol: el patrón de las razas se ha roto; somos del mundo. Pero mi identidad es mucho más compleja…

—¿Por qué?

—Pertenezco al movimiento rastafari y, por tanto, nuestras creencias están enraizadas en Etiopía.

—¿Qué significa ser rasta?

—Es un modo de vida. No nos cortamos el pelo y, en general, somos vegetarianos. Pero sobre todo seguimos la filosofía y las doctrinas espirituales de Haile Selassie, que fue emperador de Etiopía hasta 1975. Como él, soy cristiano ortodoxo de la Iglesia etíope. Es un movimiento que va más allá de la religión.

—¿Playa y marihuana?

—No es mi caso. Conozco más jóvenes aquí que se pasan el día fumando hierba y escuchando reggae que en el Caribe. No pertenezco a ese mundo. Por mis conocimientos de medicina, no fumo.

—¿Qué fue a buscar a Etiopía?

—Fui a visitar la tierra de nuestro profeta, de nuestro guía. También acompañé a un amigo periodista que tenía un proyecto solidario con una escuela del sur de Etiopía. Rahel fue nuestra intérprete.

—¿Cómo capean la crisis?

—Nuestra clientela regular sigue viniendo al restaurante, aunque quizá menos que antes. Tenemos amigos y conocidos con familia que han perdido su trabajo. Claro que se nota que hay un problema. De todas formas, deberíamos darle la vuelta.

—¿Qué quiere decir?

—Tenemos cinco millones de parados. Y ustedes, los medios de comunicación, lo único que hacen es un trabajo de estadística, van agregando números y van subiendo la cifra de desempleo.

—Pero es que crece…

—En lugar de verlo como un problema, deberíamos contemplarlo como una fuerza de cinco millones de personas con tiempo y talento disponibles para hacer grandes proyectos, de voluntariado. Hemos de ayudarlos a verse útiles; son personas con conocimiento y energía. Hemos de cambiar el chip respecto al paro. Cuando la gente piensa en conjunto y une sus fuerzas, logra hacer cosas.

—¿Una virtud del país de acogida?

—Yo diría que el mérito de haber evolucionado, a pesar de la dictadura y del terrible pasado con que carga España, de haberse acoplado al resto de Europa en poco tiempo.

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