El cine judicial es un género. En Doce hombres sin piedad, Henry Fonda logra sembrar una duda razonable entre sus compañeros durante las deliberaciones. Recuerdo la minuciosa selección de los miembros presuntamente justos que deberán formar parte de El jurado, en el que logra colarse John Cusack. Y ahí está, cómo no, Los intocables de Francisco Camps.
Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 04 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Los jurados populares fueron un invento anglosajón porque ellos saben escuchar. Aplicados aquí, no hay letrados, sino iletrados, que no diferencian el subjuntivo de haber del presente de indicativo de hallar, y atribuyen sin acentos la condición más faborable a los acusados. Empiezo a entender la utilidad de los recortes en Educación. Sin embargo, mejor defensa que buscar irregularidades en el proceso sería señalar el descrédito del expresidente valenciano; si quieren pruebas, hay una irrefutable: ¿quién se fiaría?
El Tribunal Supremo se cuela en cualquier caso, sentando en el banquillo al juez que pretende investigar esos crímenes de guerra tratados tantas veces en el cine y la literatura, ahora queda claro que porque se los considera ficción. Es que hubo una amnistía, sinónimo de lobotomía histórica.
Esta no es la peli que me han contado. En las que ponen por la tele, los abogados tienen una retórica capaz de convencer a la más rígida de sus señorías y, al final, el mafioso pringa. El defensor de Diego Torres ha pedido protección especial para que no le tiren huevos y tomates cuando vaya a declarar, creyéndole tan famoso como Urdangarín. Dejando al margen que quienes necesitan protección contra la lluvia de chorizos son los ciudadanos, dudo de que les saliera a cuenta desperdiciar hortalizas. En fin, no olvidemos que el género de juzgado de guardia más taquillero en nuestras salas es Torrente.