Hay momentos en los que es difícil entender la política, o al menos algunas decisiones que adoptan los políticos. Se suele decir que una de las artes que deben manejar los responsables políticos es la de no cerrarse puertas, la de mantener todas las opciones abiertas, sin que ello signifique dejar de tomar decisiones. Solía decir el llorado Mario Onaindía que los vascos entendían la política como continuos órdagos: colocarse en posiciones de las que es imposible retractarse, con la intención de obligar al interlocutor a aceptar las posiciones propias.
Información publicada en la página 10 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 02 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Tengo dudas de que sean los vascos los únicos que ejercen la política con esta táctica del mus. Más bien parece que sea la táctica de los nacionalismos periféricos: colocar líneas rojas cada vez más elevadas, no para cortarse a sí mismos la retirada sino para obligar al interlocutor a aceptar posiciones de otra forma inaceptables. Aunque esta afirmación requiere ser matizada, pues en el caso catalán quien comenzó la carrera de órdagos fue el Govern de Maragall: ya que no veía posibilidad para una reforma de la Constitución en sentido confederal, que era lo que le hubiera gustado, la planteó por la peor vía posible: proponiendo un nuevo Estatut que llegara al mismo puerto.
Una vez establecida esa línea tras la que era imposible retroceder, una línea que no era demandada por nadie, ahora todos se ven obligados a subir la apuesta cada vez un poco más. Hasta el PP catalán se apunta, parece, a reclamar un pacto fiscal con el Gobierno central que garantice a Catalunya el rendimiento de los conciertos forales -sin percatarse de que es más fácil generalizar el sistema de concierto que los actuales rendimientos de los respectivos cupos, algo que reventaría el sistema fiscal español-. Y, por supuesto, los nacionalistas catalanes han entrado por la vía de un órdago al mes, al menos.
En estas condiciones, es imposible satisfacer la exigencia del arte de la política, que es no cerrarse puertas. Se van cerrando de la forma más perniciosa posible: se lanzan exigencias cuyo cumplimiento es casi imposible por el interlocutor pero que despiertan las apetencias de los ciudadanos porque apuntan al sentimiento y al bolsillo. Y entonces es la ciudadanía la que impide que el responsable político tenga una puerta abierta, porque se lo impiden los mismos ciudadanos en quienes el propio político ha despertado las apetencias.
Por ese camino, los políticos caminan hasta un punto en el que solo cabe una salida, pues han ido quemando todos los puentes de retirada. Y en esa situación puede ocurrir cualquier cosa: que el camino haya llegado al punto en el que se abre el abismo, que los ciudadanos que han impulsado al político hasta él no tengan la menor intención de acompañarle en el salto mortal, o que los interlocutores hasta entonces chantajeados sean ahora los primeros interesados en que el político se estrelle y le animen con el cántico de los clásicos: hic Rhodus, hic salta!
Claro que los políticos que abandonan el arte de la política, el arte de mantener el máximo posible de puertas abiertas, piensan que el futuro al que caminan por medio de órdagos es una especie de paraíso, la solución de todos los males, la superación de todos los límites, la ruptura de todas las cadenas, el cumplimiento de la plena identidad, la sublimación de todas las ansias de plenitud. Y esa es la imagen que venden a los ciudadanos para que los acompañen en la ascensión, en la quema de puentes de retirada.
Olvidan, sin embargo, estos políticos que si la democracia consiste en algo es precisamente en el abandono de esas utopías paradisiacas, en aceptar la imperfección como el espacio exclusivo en el que se puede ejercer la democracia: no hay verdad última, no hay paraíso, no hay plenitud de clase alguna. Y en lugar de ello, lo que el político se verá obligado a ofrecer a los ciudadanos es la melancolía de una situación inalcanzable, la frustración, la quiebra de los sueños, la mediocridad de la historia humana, sin tener a nadie en quien descargar la responsabilidad, porque la ruptura de los puentes de retirada ha eliminado esa posibilidad.
En el fuego de las pasiones nacionalistas que van alentando los políticos catalanes no solo se van a quemar los españoles como aquellos esperan. Es hasta probable que sean los que menos se quemen. Los que se van a quemar son los ciudadanos catalanes, y especialmente los políticos nacionalistas catalanes. No hace falta haber estudiado las complicadas ideas de Lacan para saber que lo que constituye el deseo es precisamente la incapacidad de su satisfacción, su capacidad de reinventarse siempre en un nuevo objeto, de nuevo inalcanzable. Lo pueden ver en el nuevo Estatut: más que fuente de satisfacción, de sentimiento de plenitud, se está convirtiendo en fuente de frustraciones permanentes.
No hace falta tener grandes dotes de profecía para estar convencido de que este tipo de carreras terminan mal habitualmente. Los órdagos hacen cada vez menos mella, todo el mundo se habitúa, y los ciudadanos cuyos sentimientos se han levantado reclaman su satisfacción. Y el político, ni puede proceder a esa satisfacción ni puede retroceder porque ha quemado todos los puentes. Eso es jugar con fuego. Presidente de Aldaketa (Cambio para Euskadi).