Aunque a muchos les pueda escandalizar, la ley permite que en algunos supuestos el imputado por delitos económicos alcance un acuerdo con la fiscalía: a cambio de confesar los hechos y restituir el patrimonio defraudado, obtiene del ministerio público una petición de pena más benevolente en el juicio, evitando así el ingreso en prisión. Tal parece ser el propósito de Iñaki Urdangarin y de su exsocio Diego Torres, a quienes, en un principio, no cabría negar un derecho que asiste a cualquier otro procesado. Pero solo en un principio.
Información publicada en la página 80 de la sección de Contraportada de la edición impresa del día 04 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Hace dos meses, el yerno del Rey se sometía a un maratoniano interrogatorio judicial en que se escudó en el olvido y en las evasivas para endosar las culpas a su antiguo socio. Ahora, el súbito cambio en su estrategia de defensa podría obedecer tan solo a la convicción de su abogado de que, de seguir por esta senda, Urdangarin podría acabar entre rejas. Pero la apertura de negociaciones indirectas entre el duque de Palma y Diego Torres, precedida de la filtración de documentos que pretenden comprometer a la infanta Cristina y al propio rey Juan Carlos, demuestra que estamos asistiendo, en vivo y en directo, a un impúdico intento de chantaje a la Corona. A esas intolerables presiones se suman las insinuaciones que, atribuidas al entorno de Torres, anuncian su voluntad de detallar ante el juez todos los negocios del yerno del Rey.
La imagen de la Monarquía
Para la imagen de la Monarquía, que de un tiempo a esta parte no atraviesa su mejor momento, será nefasto que un familiar del jefe del Estado tenga que sentarse en el banquillo de los acusados -una estampa que, jurídica y democráticamente, es ya insoslayable-, y aún lo sería más de acabar este en prisión. Pero cada vez está menos claro que un pacto opaco entre Urdangarin, Torres y la fiscalía sirviera para amortiguar el golpe. Antes al contrario: si esta nada sutil maniobra de extorsión acabara surtiendo efecto, la sombra de la sospecha se extendería, y la proclama navideña del Rey --«la justicia es igual para todos»-- quedaría en nada.