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Jordi Puntí

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Jordi Puntí

Escritor

El ingeniero y el orfebre

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Sábado, 23 de marzo del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto

Hace unos meses, Imma Monsó argumentaba en uno de sus artículos que hay dos tipos de escritores: los que escriben sumando y los que escriben restando. Para unos, decía, «el trabajo fundamental es poner una palabra detrás de otra», mientras que para otros se trata de «borrar una palabra detrás de otra». Me gusta esta reducción de la escritura a sumas y restas porque nos remite a la esencia de la creación literaria. Escribir es sobre todo reescribir y, al fin y al cabo, la habilidad para añadir o quitar palabras de un texto es lo que termina definiendo el estilo de cada autor. Cuando va más allá de la justa obsesión, este impulso crea monstruos: el autor que suma y suma se convierte en un grafómano; el autor que resta y resta, se queda en la nada y un día deja de escribir.

Climent, la excelente novela que ha publicado Josep M. Fonalleras (Amsterdam Llibres) también trata de todo eso, entre otras cosas. El Climent del título es un autor bloqueado. Hace tiempo publicó algún libro, pero ahora vive emboscado en la parálisis y disimula diciendo que se está documentando. Tras una estancia solitaria en Roma «para escribir», Climent muere y sus amigos dan a otro escritor todo el material que guardaba, para que intente ponerle orden. Así, la novela combina con armonía los textos breves que Climent escribió en Roma y las impresiones de ese otro narrador, ya sean personales o literarias. Fonalleras va trenzando una historia que habla del silencio como refugio literario, pero también de la tentación de confundir la vida y la escritura, y lo hace con un estilo nítido, cercano, a ratos lírico, que se sirve de referencias a pintores y poetas, pero no es nunca pedante.

En un momento de la novela, Climent también afirma que hay dos tipos de escritores: «los que son ingenieros y levantan puentes» y «los orfebres, que intentan incrustar una piedra preciosa en una joya, sin que desentone». He aquí un paso más en el intento de definir la complejidad de los narradores con un mundo propio, como es el caso de Fonalleras: un orfebre que suma, un ingeniero que sabe restar, y todas las otras combinaciones posibles.

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