Cuando Rafa Nadal tenía 11 años ganó el Campeonato de España infantil. Hubo, claro, fiesta en casa de los Nadal. Esa misma tarde, antes de acudir al festín familiar, Toni Nadal, su tío y entrenador, se hizo pasar por periodista -«lo hice para que no me malinterpretaran», cuenta- y llamó a la Federación Española de Tenis para solicitar la lista de los últimos 25 retacos que habían logrado idéntico título. Y se guardó la chuleta en el bolsillo de su americana. Cuando la cena ya estaba en su apogeo, Toni recitó ante toda su familia, uno por uno, los nombres de los 25 campeones. «¿Os suena alguno?», preguntó. No. No les sonaba ninguno. Solo seis habían logrado dar el paso al profesionalismo, que no significa triunfar. «Lo de hoy -dijo Toni a todos los suyos- puede parecer un principio, pero no garantiza nada. Así que, Rafa, mañana a las ocho a entrenar».
Información publicada en la página 102 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 27 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
La anécdota, además de mil más, aparece en el libro Rafa Nadal. Crónica de un fenómeno (RBA, 2007) de Jaume Pujol-Galceran y Manel Serras. Y a ella me agarré cuando vi el desplante que Maverick Viñales le hizo al mundo (no solo al Mundial de motos, a su equipo, a sus patrocinadores y al deporte) en Malasia cuando llamó de todo, y más, a los miembros de su escudería y los dejó tirados. Y lo pensé porque, ¡oh, Dios!, a su lado estaba, no su tío, sino Ángel, su padre. Ni que decirse tiene que se han visto obligados a ir a Australia con el rabo entre las piernas, pedir perdón públicamente y volverse a subir a la moto.
«Yo, además de entrenador de Rafa -me contó un día Toni en una de las terrazas de la plaza de las Tortugas, en Palma-, soy su tío, lo que es determinante, porque tengo más ganas de que sea bueno, más autoridad sobre él y más confianza». Tanta, pensé yo, que la noche en que Rafa bajó en bermudas para acudir a una cena con su jefe de prensa y otros, en el primer Masters que jugó, celebrado en Shanghái, Toni le miró estupefacto al verle vestido de aquella forma. «En el restaurante al que vamos no dejan entrar con pantalón corto, pero ¡tú eres Nadal!», le dijeron-. Rafa, sin embargo, hizo caso de su tío, subió a su habitación y volvió bien vestido.
«Los jóvenes deportistas saben dónde quieren llegar, el problema es si conocen el camino», me cuenta Carles Folguera, director de La Masia del Barça. «Lo más duro de entender es que esa progresión e incluso la fama que cosechas pueden ser efímeras. Sin la contribución de la familia es imposible que el deportista tome conciencia de que puede ser buenísimo, pero aquí intervienen factores de azar, compañías, preparación, peligros que todos se niegan a reconocer», explica.
Dicen que Rafa Nadal lo entendió gracias a la dureza de Toni. «Si a un niño, porque triunfa, le das carta blanca a los 17 años, lo normal es que, a los 24, sea un imbécil». ¿Puede ser el caso de Viñales, de 17 años? «El que se crea mejor por ganar algo es un estúpido», añade Toni. Se puede decir más alto pero no más claro.