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La sociedad frente a la crisis

'¡Indignaos!', la nobleza del panfleto

La respuesta social se hace difícil porque los ajustes son parciales y fragmentan sus repercusiones

Lunes, 25 de abril del 2011 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Pere Vilanova

En la tradición cultural y literaria francesa, el panfleto es un género específico que tiene sus propias cartas de nobleza. Se las ganó entre finales del siglo XIX y mediados del XX. Desde el famoso J'accuse de Émile Zola, muchos han sido los textos panfletarios que, con vocación de tales, se han propuesto poner el mundo -o la sociedad de su tiempo- patas arriba. Y su mejor definición es sin duda ninguna esta: es un texto breve y virulento que cuestiona a fondo el orden establecido. Viene ello a cuento del breve ¡Indignaos! ( Ediciones Destino-Imago Mundi, Barcelona 2011), de Stéphane Hessel, que contra todo pronóstico ha vendido en Francia millón y medio de copias, sin campaña publicitaria ni marketing. Y al final ha sido el libro de no ficción más vendido en catalán y castellano en Sant Jordi.

LEONARD BEARD

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Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 25 de abril de 2011 VER ARCHIVO (.PDF)

Ante todo, claro, su autor. Llegar a los 93 con la cabeza bien despierta tiene todos los inconvenientes de la edad, pero una ventaja envidiable: puede decir lo que le dé la gana, como le parezca, y sin mayor preocupación que la de causar el mayor revuelo posible. En este caso, el amigo Hessel tiene otra ventaja obvia: unas credenciales de combatiente democrático, radicalmente comprometido con todas las causas de su (larga) vida. En segundo lugar, sus denuncias, página a página, tocan puntos sensibles de la situación del mundo actual, en el que si algo sobra -frente a tanta penuria- son motivos de indignación. Los valores que fundamentarían (pensaba Hessel durante su lucha contra los nazis) las sociedades democráticas de la posguerra siguen siendo fundamentales. ¿Podemos -pregunta-estar orgullosos de ellos? Sí, desde luego, pero una cosa es identificarnos con ellos, y otra cosa es que podamos sentirnos orgullosos de cómo funcionan hoy, aquí y ahora nuestras democracias. Sería mucho pedir que un Churchill, un De Gaulle, un Roosevelt, gobernasen los estados europeos actuales, pero dónde están los líderes de talla que -como hicieron esos tres, y muchos otros- supieran decir «no, ya basta» a ciertas cosas. La percepción de la gente corriente de que la clase política es una casta aparte es un fenómeno transnacional, creciente y, sin demérito de las honrosas excepciones que podamos identificar, parece imparable.

La actual crisis no la han originado ni los trabajadores de la sanidad de Bellvitge, ni los despedidos de tal o cual multinacional. Es una crisis mundial originada por malas prácticas financieras y que ha desencadenado un cataclismo en cadena, de arriba abajo, de tal manera que las inevitables medidas traumáticas acaban acumulándose en los de abajo. Quizá la palabra pobres, en el sentido que tenía en la Europa de 1890, es excesiva, pero el explotado de hoy es el tax payer ordinario, el ciudadano que no puede -le guste o no- hacer grandes contorsiones contables y sobre él recae el peso de la crisis.

Y aquí es donde Hessel vuelve a tener razón: «El motivo de la resistencia es la indignación», no solo el cálculo racional, el análisis científico de los datos macroeconómicos. En otras palabras, seguramente porque las medidas serán duras y duraderas, es tiempo de gestos simbólicos que escenifiquen una cierta voluntad de equidad. Y no es aceptable que los directivos de algunas de esas agencias de calificación, como el propio Congreso de EEUU denunció, se aumenten el sueldo un 69% (salarios de nueve millones de dólares). A propósito de la reciente movilización contra los recortes en la sanidad pública, más allá de que el Gobierno haya entendido que no se puede hacer así, lo más urgente en el terreno de lo simbólico es que entienda que no se pueden decir ciertas cosas. Un conseller afirmó que lo único que preocupa a los médicos es su bolsillo. Bien, además de pactar, rectificar, o incluso reafirmarse en alguna de sus decisiones, este conseller debería pedir excusas, porque ha insultado no solo a los médicos, también a todos nosotros, los usuarios de la sanidad pública, y, por extensión, de lo público. «La indiferencia, la peor de las actitudes», nos lanza a la cara el amigo Hessel. Tiene toda la razón.

Como dijo con acierto el profesor Subirats en estas páginas hace unos días, uno de los peores peligros es el de la fragmentación de los «campos de acción de la agresión». Cada sector, cada segmento, está siendo sometido a su particular guerra de desgaste, y mucha gente cree que es una fatalidad, no cabe una respuesta transversal. Es decir, no se consigue restablecer el mínimo de reacción social colectiva para decir basta. ¿Dónde están los mercados? Quiénes los dirigen? ¿De dónde viene su legitimidad? Y claro, médicos y enseñantes piensan (pensamos) que la protesta ha de ir contra el Govern actual. ¡Pero si tiene 100 días de existencia! La crisis del 2008 es mundial, sus causas son globales, sus responsables no están en un radio de 500 kilómetros. La indignación creciente, dispersa, fragmentada, frente a una cosa como la que está sucediendo debería ser global, mundial, internacional, pero de momento no viene precedida, organizada o encuadrada por su expresión política. ¿Cómo pasar de las protestas a la acción propositiva? Y sin esta¿ bueno, ya veremos. Pero Hessel tiene toda la razón y se queda corto.

*Catedrático de Ciencia Política (UB).

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