Vivir en un país en el que el paro supera el 25%; quien trabaja ve mermada su capacidad adquisitiva por encima del 30%; los servicios públicos, otrora modélicos, se desnaturalizan vertiginosamente hacia la privatización; los ajustes presupuestarios solo persiguen el ahorro sin mostrar apuestas estratégicas de generación de riqueza; casos como Gürtel, Palau o Urdangarin no llevan a nadie a la cárcel; las leyes se cumplen si resultan cómodas; movimientos sociales como el 15-M o el 25-S son respondidos con cargas policiales; la prepotencia política ha fagocitado el diálogo y el consenso; el discurso anti -catalán, pongo por caso- da votos; donde un Gobierno -catalán, vuelvo a poner por caso- hace de la nación bandera e instaura el conmigo o contra mí… genera hartazgo.
Información publicada en la página 7 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 10 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Este panorama me provoca tres sugerencias. Urge liberar a la democracia de su secuestro incrementando las vías de participación ciudadana y la rendición de cuentas de los políticos. Urge un poder judicial que agilice las causas de corrupción política, a ser posible recupere lo robado a todos y condene a los culpables sean del partido que sean y ocupen el cargo que ocupen. Por último, urge valentía política para iniciar un proceso constituyente que acabe con el inconsecuente cupo vasco y navarro y cree, por fin, un modelo federal con nítidas reglas de juego, instituciones y financiación. ¡Ah!, y reduzca las 17 comunidades autónomas a un número que se aproxime más y mejor a nuestra realidad plurinacional y acabe, al tiempo, con la absurda espiral de administraciones superpuestas.
Montesquieu exigió la separación de poderes para que nadie o nada fuera capaz de atesorar todo el poder en sus manos y secuestrarlo al pueblo. Hoy los partidos políticos lo han hecho y su sorpresa es que la ciudadanía no lo contempla impasible. Sin partidos no hay democracia; pero con partidos que anteponen al interés general otros intereses, quizá espurios, la democracia está secuestrada. Además, la Constitución fue cicatera en la participación directa. Dense al ciudadano vías que le permitan expresar su voz cuando crea que sus representantes no lo hacen, potenciando, sobre todo en el ámbito local, instrumentos adecuados y eficaces. Se ha de rebajar el número de firmas para la iniciativa legislativa popular y permitir que sus impulsores la defiendan en sede parlamentaria. Hay que acabar con las listas cerradas y bloqueadas en las elecciones, y con el anacronismo de que la provincia sea el territorio de las circunscripciones. Pero nada cambiará si no reclamamos cercanía de los representantes a la sociedad (miremos al Reino Unido), una transparencia en la toma de decisiones que oxigene, democracia interna en los partidos (en Uruguay, las primarias son obligatorias y regidas por la junta electoral) y, ¿por qué no?, la posibilidad de revocar a los electos (México y EEUU ya lo hacen).
Se atribuye a Julio César la aseveración de que no basta que la mujer del césar sea honesta, sino que también debe parecerlo. De ahí que sean inaceptables carísimas cenas aéreas pospartido o una exagerada flotilla de coches oficiales o parlamentarios con casa en Madrid cobrando dietas, etcétera. Pero, siendo grave, lo es infinitamente más valerse del cargo público para enriquecerse. El último informe sobre corrupción de Transparencia Internacional es demoledor con España. La clase política debería entender que no son casos particulares; es el descrédito generalizado de toda ella. La corrupción es un ataque directo al corazón del sistema representativo: la confianza.
Con este panorama, se entiende que una sociedad ahogada por la crisis y en la que los servicios son recortados con virulencia, severamente vilipendiada desde el nacionalismo español casposo-autoritario y convencida, con no pocas añagazas, de que aporta como el que más para que otros lo malgasten, encuentre en la independencia una salida. Una salida en la que todos perderemos y que está lejos, muy lejos, del mesiánico Parnaso prometido por el candidato convergente. Pero lo que es peor: una vía en la que, resulte lo que resulte, además de polarización -ojalá no dramática-, no serán pocos los que queden defraudados en sus expectativas. Ni el nacionalismo catalán ni el español son los encargados de resolver este galimatías que han creado con -todo hay que decirlo- nuestro silencio cómplice. Creo que es el momento constituyente del resto, que somos mayoría y podemos ofrecer a los que han llegado a la independencia por hartazgo otra ruptura, más que necesaria, con el statu quo. Esa reforma constitucional debe ser capaz de encontrar una vía que no deje a nadie satisfecho pero nos dé cabida a todos. A ambos nacionalismos les invito a reflexionar con Machado por bandera: «¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela». Catedrático de Ciencia Política de la UB.