En la playa de Empúries tengo la sensación de estarme bañando en la historia. Al fin y al cabo, por aquí entraron los griegos y los romanos a la península Ibérica y todavía hoy, a pesar de la multitud ansiosa de sol y mar que la frecuenta en verano, me es imposible olvidar su glorioso pasado. Ayuda, claro está, la cercanía de las ruinas, discretamente esparcidas entre los pinos, y el ambiente que respiran las calles medievales de Sant Martí d'Empúries. Más allá, hasta la desembocadura del Fluvià, se extiende el largo arenal de Sant Pere Pescador, en un golfo de Roses inundado de sol y batido a menudo por la tramontana.
Información publicada en la página 315 de la sección de Opinión Verano de la edición impresa del día 09 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Es un lujo bañarse en la playa del Moll Grec, junto a piedras erosionadas por el agua, el viento y la historia, en medio de las ruinas de la antigua Emporion. En su El meravellós desembarcament dels grecs a Empúries (1925), uno de los libros que más han contribuido a la mitificación del Empordà, Manuel Brunet ya imaginó cómo pudo ser la llegada a estas costas, en el siglo VI a. C., de los navegantes griegos que, procedentes de la lejana Focea, en la costa de Anatolia, se instalaron por primera vez en estas tierras.
La estatua de Asclepio
El libro de Brunet es un homenaje a Empúries que aún hoy se lee con placer, aunque me cuesta imaginar, inmerso en el griterío que se instala en verano en el Empordà, una costa casi virgen, hecha de rocas, pinos, arena y mar, en la que decidieron asentar una colonia aquellos griegos llegados desde la otra punta del Mediterráneo. El lugar era idóneo: en la costa, en una casi isla protegida por la colina de Sant Martí.
Aquellos primeros griegos, guiados sobre todo por su espíritu comercial, no se adentraron en la comarca, pero poco a poco fueron formando en Empúries una pequeña ciudad, hoy excavada en un 90%, que tiene su estandarte en la impresionante estatua de Asclepio, el dios de la Medicina hallado en 1908 que tuvo que esperar cien años, tras una larga estancia en el Museu Arqueològic de Barcelona, para poder regresar a Empúries.
Tras los griegos, en el 219 a. C., llegaron los romanos. Su misión ya no era comercial, si no militar. Los soldados desembarcaron en Empúries para cortar el paso a las tropas cartaginesas de Aníbal. Años después, en el 195 a. C., Marco Porcio Catón decidió establecer en este lugar un campamento militar que sería el embrión de la ciudad romana.
Ambas ciudades, protegidas por murallas, acabarían por unirse en el siglo I a. C., aunque dos siglos después empezó la decadencia de Empúries, convertida en población secundaria por el auge de Barcino y Tarraco. El saqueo por parte de tropas normandas, en el siglo IX, marcaría el abrupto final de la colonia.
Villa Teresita
Tras muchos siglos sin noticias de Empúries, en el año 1908 llegó el momento de los arqueólogos, dispuestos, bajo la dirección de Josep Puig i Cadafalch, a rescatar un pasado olvidado, a resucitar la historia. De aquella época data precisamente el Hotel Empúries. Lo construyeron para los arqueólogos con el nombre de Villa Teresita y con los años ha ido evolucionando hasta convertirse en un establecimiento privilegiado, con la playa y las ruinas a tan sólo unos pasos y una terraza ideal para contemplar los atardeceres luminosos, con el mar en primer plano y las casas de l'Escala al fondo.