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Las estrategias de los partidos

La ignorancia como virtud política

El desprecio del conocimiento aglutina a los que creen que no cuentan y se sienten fuera del sistema

Viernes, 21 de septiembre del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
OLEGUER
SARSANEDAS

Rick Santorum, el contrincante de Mitt Romney como candidato del Partido Republicano a la presidencia de Estados Unidos (y que ahora apoya la campaña de Romney), confesaba el fin de semana pasado: «A nosotros, los inteligentes no nos votarán nunca». Una confesión hecha casi con candidez, que casi equivale a un programa.

LEONARD BEARD

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Información publicada en la página 14 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 21 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Podría tratarse de la enésima manifestación de la tradicional animadversión de una cierta derecha (tirando a extrema) por las élites, que son aquellos que creen que lo saben todo y que pueden ir por el mundo dando lecciones: los intelectuales, la gente del mundo de la cultura, las universidades, los medios -los sospechosos habituales. Santorum, de hecho, ya se significó, durante la campaña por la nominación republicana, acusando Obama de esnob porque defiende el derecho universal a una educación superior.

Pero el hecho es que en estos tiempos, tan grises, en los que se invierten valores e incluso el sentido común, destacan los ignorantes (y los que lo hacen ver). No solo por sus despropósitos, sino por su osadía. La ignorancia, es bien sabido, es atrevida. Y el atrevimiento, especialmente en tiempos como estos, tiene notoriedad. Es atractivo.

La atrevida ignorancia de que hacen gala los políticos de ciertos partidos de derecha, lejos de ser un hándicap para la causa que representan, moviliza y motiva a su electorado. Se trata de una ignorancia militante, desafiante, orgullosa, dispuesta a defender donde sea necesario su bagaje de ideas recibidas y prejuicios (ya nos pueden decir lo que quieran, que nosotros sabemos que tenemos razón).

En la práctica, la reivindicación política de la ignorancia es eficaz. Funciona. Porque es una llamada a quienes, de una manera u otra, se sienten descolgados y que no cuentan, los perjudicados por el sistema, los enfadados con el establishment.

Por ello, en momentos como este, de crisis de muchas cosas, en que la erosión de las clases medias conlleva el desencanto de los votantes con el Gobierno y los cargos electos, en el que se va creando el ecosistema ideal para opciones populistas y extremistas, la reivindicación de la ignorancia, con sus connotaciones antisistema, ofrece autoestima y sentido de pertenencia. De alguna manera, representa la promesa de la liberación del yugo de la cultura, es decir, de la pesada tarea de adquirir conocimientos y de saber cosas. Sarah Palin, la desenvuelta candidata republicana a la vicepresidencia en el 2008, no encontraba que hubiera para tanto por no saber si África era una ciudad o un país. La historia está llena de ejemplos de ignorancias militantes y audaces. Stalin también pensaba que los inteligentes tenían la culpa de todo lo que no funciona en el mundo, y Pol Pot exterminó todos los camboyanos que llevaban gafas, no sea que hubieran leído nunca un libro. Un caso más cercano: aquel grito (casi surreal) del general franquista José Millán-Astray en la Universidad de Salamanca en 1936: «¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!»

Hay (muchos más) casos no tan extremos, pero reveladores: por ejemplo, el del primer ministro británico Neville Chamberlain, que para justificar su posición de no intervención cuando Alemania invadió Checoslovaquia en 1939, adujo que «Checoslovaquia es un país lejano, del que no sabemos nada».

Y hay casos decididamente cómicos, que hacen las delicias de los tuiteadores, como los de Sarah Palin o George W. Bush o, sin ir más lejos, Esperanza Aguirre, la exministra de Cultura de Aznar, gran admiradora del Tea Party, famosa por sus meteduras de pata.

Pero se suponía que los políticos debían tener asimismo un cierto nivel. Y la opinión cada vez más generalizada es que los que tenemos ahora no dan la talla. La evaluación que hacen los ciudadanos es contundente: un suspenso general, y con muy malas notas. Con hechos como la muerte de Santiago Carrillo, tal como reconocía Alfonso Guerra, nos damos cuenta de que hoy no tenemos muchos personajes políticos de su talla. Sean cuales sean las causas, tenemos un problema. Y la gran preocupación que demuestran los ciudadanos por los políticos no hace sino confirmar la magnitud de la tragedia.

Pero hay que decir que la ignorancia también juega malas pasadas a quien la practica. Mitt Romney acaba de pasar una semana negra porque descalificó (en dos ocasiones) a los votantes de Obama, ofendiendo a la mitad del electorado y revelando un desconocimiento radical de la realidad social de su país. Una cosa es fomentar el orgullo de la ignorancia entre la militancia, y otra es tratar de ignorantes a los ciudadanos.

La ignorancia haría gracia (de hecho, hace) si no fuera porque, si se la deja hacer, se carga todo lo que puede. Los ignorantes militantes no son -ni de lejos- conservadores. Son revolucionarios.

Economista.

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